Reflexionando junto a su esposa Yhma, Anatol dice: «en la clandestinidad mi obra ha madurado más y mejor que si me hubiera apresurado a publicarla». La afirmación del protagonista del cuento despierta en el lector no pocas cuestiones. ¿Cuántos jóvenes letraheridos, aparte de autoimponerse el mote de «escritor», «narrador» o «poeta», tienen la ansiedad constante de publicar lo que sea, siempre y cuando sus textos se impriman y ellos puedan leer sus nombres y ver sus fotos en las solapas de sus libros? O, peor aún, ¿cuántos solo quieren escribir y ya no leer, ni mucho menos corregir (la corrección es, sin duda, la verdadera escritura)?

Un escritor como Anatol es aquel que se obstina en escribir desde un anonimato amurallado, mientras otros buscan con avidez salir desesperadamente de las sombras. Me pregunto dónde están esos verdaderos escritores como Anatol. Esos creadores que escriben a hurtadillas, sin confesar a nadie un vicio tan secreto. Esos que se han deshecho de toda pretensión de visibilidad.

Las reflexiones de Anatol lo llevan a afirmar que hay una jerarquía entre el escritor y la obra que este produce. Lo importante ya no es lo que se escribe, sino quién lo escribe. Y de allí se entiende también por qué muchos autores se esfuerzan por ser más mediáticos. El personaje de este cuento lo sintetiza de esta forma: «Es triste (…) pero cada vez se glorifica menos al arte y más al artista creador, cada vez se prefiere más al artista que a la obra. Es triste, créeme».

Lo que horroriza a Anatol es la idea de que él llegue a convertirse en alguien que pueda opacar a su propia obra. Dicho de otro modo, si es que lo abandona, teme no volver a recuperar nunca más el anonimato. El horror, para él, es que los reflectores caigan con mucha intensidad sobre su figura y no sobre sus libros. Sin embargo, hay un detalle que no hay que dejar pasar por alto: Anatol desea ser leído, y es algo que reconoce con no poca vergüenza.

Finalmente, nuestro personaje se decide a publicar una de sus novelas, la cual nunca más podrá recobrar pues pertenecerá al mundo. Y luego, como todos los personajes de los cuentos que componen este libro, opta por el suicidio. «La obligación del autor es desaparecer», sentencia. Se encamina entonces a la habitación frígida de un navío y allí se pierde.