A una semana de las elecciones generales, las cartas echadas en la mesa del oscurísimo panorama político peruano ya no tienen vuelta. Lo hecho o deshecho por cada uno de los 18 candidatos presidenciales y sus respectivas listas parlamentarias, camina hacia el destino inexcusable que el trazo de sus campañas les depara. Y por supuesto, también los factores aleatorios, imprevisibles, sorpresivos que pueden aventajar a unos en desmedro de los otros durante los días finales.

“El juego no se acaba hasta que termina”. Se atribuye este dicho a un célebre jugador de béisbol de los Estados Unidos, Yogi Berra, quien una tarde de octubre de 1947 arengó así a sus compañeros de los Yankees para revertir el score en contra que estaban padeciendo ante sus clásicos rivales, los Dodgers. La frase pasó a la historia, pero los Yankees igual perdieron ese encuentro.

Lo mismo debemos decir de nuestros comicios. El juego solo acaba cuando se cierran las mesas de votación. Antes, varios candidatos gozarán de las cámaras de TV en sus gloriosos desayunos familiares, con sus grupos políticos u organizaciones sociales de base. Luego viene el tránsito sonriente a los locales donde han de sufragar. Suprimida la tinta indeleble, ya no mostrarán el dedo manchado, pero harán piruetas simbólicas de triunfo y afirmación. Una parafernalia consabida. Algún pellizco hará al sentimiento de unos cuantos indecisos.

Lo importante es que el análisis de los resultados no cargue las tintas sobre el pobre votante. Las jornadas electorales no son termómetros del IQ ciudadano. El cultísimo pueblo alemán, el de Hegel, Goethe, Beethoven y Schiller, terminó enamorándose de un loco desalmado, rígido y cruel como lo fue Adolfo Hitler. Las circunstancias lo explicaban –no justificaban– porque concurrieron diversos elementos que influyeron en el ánimo de la mujer y hombre de a pie.

Aquí no suelen valorarse las buenas campañas y se opta desacreditar al elector. Alberto Fujimori fue un ganador lógico en 1990 porque se mantuvo distante de la violencia verbal de sus rivales en un país herido por el latrocinio terrorista. Alejandro Toledo triunfó en buena lid el año 2001 porque había encarnado la resistencia al fujimorismo. Alan García se impuso el 2006 focalizando primero el temor contra Lourdes Flores, “la candidata de los ricos”, y después polarizando con el chavista Ollanta Humala.

Éste último hizo el 2011 tal vez una de las mejores campañas que yo recuerde. La celebré argumentalmente aquí en EXPRESO donde lo atacaban sin piedad. Y el 2016, sí creo que Pedro Pablo Kuczynski se encontró a la virgen porque solo le fue bien por descarte en las dos vueltas.

Ganar elecciones es un arte. Otorguemos ese mínimo reconocimiento al que tenga éxito el 11 de abril.

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