El Diccionario de la RAE tiene alrededor de media página de definiciones de la palabra arte, pero la más pertinente es aquella que lo considera como “virtud, disposición y habilidad para hacer alguna cosa”. El sentido implícito de esta definición es hacer bien algo. Pero eso no tiene por qué necesariamente reflejarse en todos los casos. También existe lo que algunos historiadores llaman la “ley de los efectos no queridos”. Por ello se afirma que “el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones”.

Últimamente hemos escuchado hasta la saciedad que una constitución no hace milagros. En realidad la Constitución se limita a señalar las reglas fundamentales para el manejo del país, estableciendo los derechos básicos de la persona y el esquema de la organización del Estado con algunas normas esenciales sobre su derrotero económico. Gran Bretaña ni siquiera la tiene como un documento escrito sino como un conjunto de principios, costumbres y leyes que guían su conducción política. Los Estados Unidos tienen una Constitución vigente desde 1787 con VII artículos, 21 secciones y 27 enmiendas, tras lo cual debe tenerse en consideración la jurisprudencia constitucional de la Corte Suprema. Francia desde la Resolución de 1789 ha tenido cinco repúblicas, cada cual con su respectiva Constitución, la última de las cuales con algunos cambios puntuales cambios rige desde 1958. Alemania desde 1949 tiene una modesta Ley Fundamental que le permitió reunificarse en 1980 tras la caída del Muro de Berlín. De paso estableció el régimen de economía social de mercado que ha tenido profunda influencia en nuestro continente, particularmente en el Perú.

Latinoamérica es una región pródiga en constituciones de diversa extensión pero todas republicanas y democráticas con una afirmación del Estado Social de Derecho. El Perú no se ha quedado corto en esa tendencia, hemos tenido alrededor de 12 constituciones y la última de 1993 ha sido modificada hasta ahora 30 veces, con cambios de algunos títulos en su totalidad y otros de artículos específicos. La última modificación es de hace un par de días. Nuestra Constitución por lo tanto es muy flexible en la práctica y puede modificarse en menos de dos años. Esa facilidad es un arma de doble filo, por el apresuramiento en cambiar las normas constitucionales.

¿Cómo podría definirse entonces el arte de gobernar mal? Tener como principio básico de gobierno el cambio total de la Constitución con un sentido opuesto a la actual. Eso ya ha generado incertidumbre y dificulta nuestra recuperación económica. De hecho paraliza las inversiones y anula la posibilidad de creación de nuevos trabajos. Recientes encuestas señalan que la prioridad de tener una constitución totalmente nueva y por lo tanto opuesta a la vigente, es muy baja en la opinión pública. Olvidarnos de esa realidad es un ejemplo práctico de mal gobierno.