Escribir es un acto de resistencia, casi como la respiración; el ritmo al que se refería Olson cuando explicaba cómo encabalgar un texto. La nuestra es la generación de la velocidad, de la captura del instante, pero es también la generación de la resistencia motivada por la preservación de la vida.

La pandemia hizo que superáramos todo lo ejecutado durante siglos con la pretensión de arrinconarnos en las esquinas de un ring donde el enemigo está no solo con sus guantes apuntando a nuestros cuerpos, el enemigo es la lona y es también las cuerdas. Nunca como ahora la humanidad fue confinada con la ceguera de quienes no supieron cómo responder al peligro. Por eso, la primera disposición fue encerrarnos, pasamos de la congestión que hacía temblar al planeta a la inmovilidad casi absoluta que lo transformó en una enorme prisión, la dictadura perfecta para imponer el totalitarismo de alguien que nos dictaba por televisión lo que debíamos ejecutar para mantenernos con vida.

Seguro, dentro de algunas décadas, derrotado el virus, con las vacunas y los medicamentos para protegernos, este momento será atendido como la fase cuando en plena era del conocimiento la humanidad no supo qué hacer. Sin embargo, expandida la caravana del miedo y de la muerte, la poesía desempeñó su mejor rol: resistir.

Asistir y ser testigo de cómo aquellos a quienes leíamos desde nuestra juventud participaban en recitales y se referían al oficio poético como la energía que mueve el mundo; verlos frente a sus pantallas, a toda hora entregándonos las más generosas lecciones de sabiduría y de nobleza, fue el mayor ejemplo para entender que el mundo y sus bibliotecas estaban allí, leyéndose en voz alta para sacudirnos del miedo y la tristeza. Entonces se sucedieron las imágenes de Vallejo conducido a la prisión, de Lorca frente a quienes lo fusilaron, de José Asunción Silva acariciando el tambor de la Smith & Wesson, de Roque Dalton cobardemente asesinado, de Dávila Andrade escribiendo Espacio me has vencido, de Borges iluminando desde su más absoluta oscuridad, de Pizarnik ingiriendo barbitúricos, las imágenes de Cuesta y de De Rokha en un flashback terrible en el que, increíblemente, luego de su vértigo, la poesía aparecía como un caudal de fuego posándose sobre la frágil piel de una mariposa que, al batir sus alas, escribía para que nunca olvidemos la resistencia de sus obras.

Ése fue el mensaje. Permanecer, retornar a lo más íntimo para asumir el compromiso colectivo de entregar lo que por mandato nos pertenece a todos: la voz como un himno marcial en un escenario de guerra. La libertad de decir para que nadie rompa lo construido durante siglos. Tenemos la obligación de sobrevivir.

Para más información, adquiere nuestra versión impresa o suscríbete a nuestra versión digital AQUÍ.

Puedes encontrar más contenido como este siguiéndonos en nuestras redes sociales de Facebook, Twitter Instagram.