En el Perú, desde la independencia, la idea de República ha estado ausente y, por ende, a nadie le importó fortalecer su institucionalidad ni forjar y consolidar una idea de Nación que, dentro de su multiculturalidad, desarrollara acciones en función de objetivos de beneficio general.

El Virreinato nos dejó como legado, impregnado al alma nacional, una concepción vertical de gobierno, un caudillismo parecido al que asumieron los alemanes del nacionalsocialismo: un Führer, un Reich, un líder absoluto y un reino poderoso con un pueblo convencido y fanatizado.

El problema es que, en el Perú, los caudillos, legitimados fácilmente por la población durante un corto plazo, jamás concibieron un sistema democrático de gobierno, pero lo utilizaron como máscara, para que junto a sus allegados, terminaran saqueando las arcas del Estado, con el subsecuente empobrecimiento de la población en general.

Al parecer, de esa circunstancia proviene el dicho de “acceder a cierto nivel de poder es la gran oportunidad para enriquecerse”, de modo que, como lo dijo en su momento González Prada, “donde se pone el dedo, salta la pus”, porque no hay institución que se salve de la corrupción. Esta plaga nos está ahogando en todos los tiempos y con cualquier régimen.

Al descuidarse la construcción de institucionalidad para tener un aparato estatal muy débil que facilitara la manipulación colectiva para beneficios particulares a costa del erario público, se dejó de lado la educación como fundamento de progreso para cualquier país, se descuidó la salud porque a nadie le importaba la vida de un pueblo explotado, la seguridad fue mediatizada y la población se distrae más en protegerse por sí misma para obtener magros ingresos, que mirar y preocuparse más por tener un verdadero Estado de Derecho.

Pan y Circo ha sido el emblema republicano aplicado a nuestra gente desde los albores de la independencia y sin educación de calidad no tenemos niveles adecuados de competitividad en nada.

En este escenario fatal, ¿hay acaso algo para celebrar en el Bicentenario de la Independencia que está ad portas?, pues parece que no. Lo que tenemos son tareas urgentes para salir de la espantosa crisis en la que nos hallamos ahora.

Basta mirar la celebración del Centenario y evaluar si política, económica y socialmente hubo algo que el pueblo pudiera celebrar en esa fecha y la respuesta sería negativa.

Han pasado cien años más y seguimos teniendo más de lo mismo.