Es un orgullo saber que el monitor Huáscar es el segundo blindado (acorazado) a flote más antiguo del mundo. Actualmente en funciones como museo marítimo flotante, simboliza un capítulo importante de la guerra del Pacífico entre Perú y Chile. Para los peruanos representa la imagen viva del heroísmo de su comandante, Miguel María Grau Seminario, y de todos los marinos nacionales que participaron en el combate naval de Angamos. Grau fue reconocido como el “Caballero de los Mares” desde el mismo momento en que rescató a los náufragos sobrevivientes de la corbeta chilena Esmeralda. Pero también porque se mostró magnánimo al enviar una carta a la viuda de Arturo Prat, comandante de esta corbeta y, para comunicarle la trágica muerte de su esposo, de quien además devolvió sus objetos personales.

La generosidad de Grau en el campo de batalla lo convirtió en un adelantado a su tiempo. El comandante del Huáscar nunca perdió de vista que aun en las circunstancias más adversas existen principios que no se pueden quebrantar y también derechos fundamentales que son inderogables. En él, la palabra heroísmo adquirió un doble significado: valor para enfrentar las adversidades o al enemigo y capacidad para hacerlo dentro de los márgenes que establece el derecho.

Dada la repercusión mundial del gesto del notable marino piurano, es probable que la reconocida grandeza de Grau durante la guerra del Pacífico haya contribuido a materializar una de las reglas básicas del derecho internacional humanitario contenidas en el II Convenio de Ginebra para aliviar la suerte que corren los heridos, los enfermos y los náufragos de las fuerzas armadas en el mar. Ciertamente, esta protección y asistencia a los náufragos, así como la identificación de los fallecidos y la devolución de sus pertenencias se reconocieron como reglas básicas en 1949. Pero mucho antes, el 21 de mayo de 1879, en Iquique, Grau ya las había aplicado.

El pasado 8 de octubre no se realizaron actos conmemorativos por el combate naval de Angamos. Tampoco fue un día de descanso. Mirando hacia el futuro, la difícil situación por la que atraviesa nuestro país en todos los sentidos (salud, política, economía, etc.) exige de cada uno de nosotros esfuerzo y reflexión. Pero mientras madure nuestro Estado constitucional de derecho camino a su bicentenario, reconforta el magisterio que nos dejó el proceder de Grau: que el ejercicio de la fuerza tiene ciertos límites y que en las controversias debe primar el respeto a la dignidad del “otro”. Ese respeto que hoy parece haberse perdido incluso en las más elementales disputas que, lamentablemente, tienen como protagonistas a connacionales. No ya por la patria, sino por pequeños “intereses”. Una lástima. Nuestro mejor homenaje al “Caballero de los Mares” debe ser emular su accionar en momentos límites.