Tengo vivo el recuerdo del conversatorio sobre Prensa y Democracia organizado por el Foro Democrático en abril de 1993, al cumplirse un año del autogolpe de Alberto Fujimori, en el cual Manuel D’Ornellas (entonces director de EXPRESO) rechazó que la prensa tenga capacidad de poner a un presidente de la República.

“En la historia del Perú, nunca ha ganado un presidente que haya sido el candidato de la gran prensa. Que los medios imponen candidatos y los hacen presidentes, es sencillamente mentira. Lo que la prensa sí puede hacer, y es lo que temen los gobiernos, es tumbarse a uno de ellos. Es lo que ocurrió con Watergate”, señaló nuestro desaparecido colega, según lo consigna la revista Ideele (año 4, N° 52, junio 1993, página 41)

Hasta ese entonces, otorgué algo de razón a Manuel. Sobre todo, porque era muy reciente la experiencia de cómo la enorme mayoría de los medios de comunicación (prensa, radio y televisión) con sede en Lima, dieron el alma por el triunfo de Mario Vargas Llosa en las elecciones de 1990, pretendiendo liquidar al candidato Fujimori en la segunda vuelta. Intención que nada tuvo que ver con las razones por las cuales, recién al final del siglo XX, esos medios repudiaron al ex rector de La Molina luego de pasar por agua tibia – casi una década – todos sus excesos y la perforación del sistema democrático en aras del modelo económico que había implementado.

18 años después, en los comicios generales del 2011, me convencí que D’Ornellas estaba en lo cierto. La conjugación mediática para lograr (o quizás soportar) el triunfo de Keiko Fujimori, evitando el triunfo de Ollanta Humala, fue aplastante y aún así el aspirante del PNP se impuso gracias a – paradojas de la vida – el consorcio vargasllosista.

Considero, en efecto, que hay una sobreestimación del poder de la prensa en las etapas electorales. Y con ello también se manifiesta un tácito desprecio a la capacidad reflexiva del elector promedio, el cual, si bien no se distingue por profundizar a niveles académicos o filosóficos las propuestas de los candidatos, sabe alejarse del tamiz que le siembran los medios. Sobre todo, cuando estos llegan a desesperarse, ejecutan el cargamontón o sus voceros más acreditados dramatizan con la voz y los gestos el agrado o desagrado por determinado postulante, tomándose a pecho el enorme peso de su influencia.

En las próximas elecciones generales del 2021 (más atípicas que cualquiera de las anteriores por razones obvias) cancelemos la monserga del “candidato de los medios” que, aun fuera clara esa preferencia, no garantiza por sí misma el augurio inobjetable de un seguro ganador.