La casi segura proclamación de Castillo marca una necesaria reflexión sobre las posibilidades de la futura “oposición inteligente”, como bien la ha catalogado el periodista Iván Arenas. Una oposición que debe estar libre de pasiones exacerbadas y más bien ser empática con las perspectivas del 50% que ha votado por Perú Libre, en cuyo porcentaje definitivamente la mayoría no es ni comunista ni filosenderista. Recoger parte de sus demandas y frenar la expansión de la adhesión al proyecto que encarnan Castillo/Cerrón de más que probable giro autoritario.

Si dejasemos aislada del análisis la variable libertades individuales -cuestión que decantó el voto de un grueso sector ciudadano contra Castillo- y analizaramos la segunda vuelta, desde el campo estrictamente socio-económico, ésta fue el enfrentamiento de dos narrativas bastante alejadas de la realidad. De un lado se planteaba que para alcanzar la justicia social se debía poner fin al modelo actual e ir a experimentos estatizantes, cierre a las importaciones y una serie de medidas que revelan mucha ignorancia de cómo funciona la economía en un mundo que se conecta cada día más, en el cual poses aislacionistas sólo conducen a cataclismos que sufren en mayor medida los más pobres. Alcanzar el bienestar en un esquema así sería como pretender curar a un paciente preso de una migraña aguda a través de la guillotina. Sin embargo -y a pesar de la impugnación pública de muchos que pensábamos que esto era un inmenso error- el predicamento del fujimorismo fue un concierto desafinado de defensa del ‘statu quo’ y de las circunstancias básicas que ha construido una neoplutocracia mercantil y oligopólica en Perú. La receta de la señora Fujimori para tratar la mencionada migraña del imaginario paciente era simplemente decirle: “usted está perfectamente bien, sus dolores no existen, no necesita medicina alguna”. Esto le costó una elección enrarecida en la que para ganar tenía que sacar una diferencia de 3 puntos o más para evitar las anomalías que hoy amplios sectores denuncian y de las que Salas Arenas deberá responder tarde o temprano.

Para lo que se viene cabe ser conscientes de que en los procesos bolivarianos que se han vivido tanto en Venezuela como en Bolivia siempre ha sido la derecha económica la que ha empoderado una corriente política o candidato que enfrente al caudillo respectivo. El empresario caribeño Manuel Rosales o el anclaje de la oposición boliviana en la circunscripción de Santa Cruz dan cuenta de esto. Seguir esa receta en Perú sería caer en la trampa demagógica de estos procesos: “ricos vs pobres”, con la que consiguen sus reelecciones iniciales.
Por tanto es más importante que nunca el impulso de una plataforma programática de centro izquierda que plantee soluciones técnicas a la agenda social suspendida en el país los últimos 10 años. El mensaje sería: “no diferimos que el país requiere un cambio orientado hacia lo social, pero lo planteamos de manera técnica y responsable, no demagógica, ni destructiva”. En esa línea impulsar ideas fuerza para el combate contra el abuso de los oligopolios o convertirnos en voceros de la agenda social de la Mipyme y del Agro es clave, entre otros sectores que padecen de la indiferencia y hasta la persecución de un Estado que necesita reformarse.

Estas ideas deben estar presentes como parte medular en la consolidación de la resistencia democrática en los siguientes meses/años. De otro modo les regalaremos el monopolio de la “justicia social” a la izquierda premoderna y demagógica de Cerrón y el tipejo Bermejo.

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