Resulta verdaderamente estrambótico, aunque por encima de todo, patético, que un porcentaje que roza el 20% del estrato A del Perú vote por sus archienemigos: los rojos. Porque, aunque la mona se vista de seda, los zurdos detestan, aborrecen a todo aquel que, por angas o por mangas, clasifique en la, para ellos, maldita clase A. De modo que, para ese estrato, votar por la izquierda es hacerlo por su némesis. Pero así es la realidad nacional. Quienes tuvieron la suerte de recibir una educación plena y preparación profesional, así como experiencia y capacidad para aplicar su talento dentro del marco de las leyes, tienen la responsabilidad y la obligación de generar riqueza para compartirla de mil maneras con el resto del país, a través de la creación de puestos de trabajo y/o el pago de tributos.

No obstante, dos de cada diez de esos ciudadanos resultan siendo unos escorpiones, descastados y cobardes, que harán lo opuesto por temores, flojera, envidia. O peor aún, por figuración. Un castigo divino que, vergonzosamente, nos diferencia de nuestros vecinos. Y por qué no decirlo de la mayoría de los países exitosos del planeta, adonde este estrato ejecuta sus responsabilidades abocándose a engrandecer su patria trabajando, aplicando su inteligencia y aprendizaje en provecho de su progreso personal, el de su entorno y, como hemos reseñado, de toda su sociedad.

Acá, insistimos, a lo único que aspira ese 20% de peruanos del estrato A es a tirar abajo a todo aquel que destaque por encima suyo, arruinándolo no solo económica, patrimonial y profesionalmente sino sobre todo anulándolo tanto personal como moralmente. El complejo de Adán del izquierdista, expresión de una sociedad envenenada que sólo tendrá el futuro que se merece. La mejor manera de describírnoslo sería comprobando el horizonte negro al que continuamos anclados, desde que la revolución socialista de Velasco -aunque le suene absurdo, amable lector, todavía queda gente adicta a este cáncer- nos inoculara el gen castrista, chavista, progre-tercermundista o como quiera denominársele.

Imposible entonces prosperar en estas condiciones, como lo hacen los países de nuestro entorno y de diferentes latitudes. Acá andamos como el cangrejo. Un pasito adelante -cada muerte de un obispo, un verdadero estadista gana las elecciones y encumbra al país- y dos pasos para atrás, cuando toma el poder la corrosiva izquierda.

En la coyuntura en que se encuentra el Perú, por más que algunos insistan en decirnos “este es nuestro país” -cuando hace décadas dejó de serlo tras ser conquistado por aquel imperio caviar dirigido por mega fortunas transnacionales de lo políticamente correcto- en esa tesitura, repetimos, cabe recordar al eximio político Luis Bedoya Reyes hablando en 1979: “Solo teniendo empleo la gente podrá adquirir bienes, Y al comprar bienes, se establecerán más fábricas que darán más empleo y generarán ahorro. Con ahorro habrá inversión, y con la inversión habrá nuevas fábricas. Y esas nuevas fábricas crearán nuevo empleo. Solo así se han hecho grandes los países en el mundo. No a través de la demagogia, sino del esfuerzo y la responsabilidad”.