El Congreso del 6.5% de aprobación

El Congreso del 6.5% de aprobación

La semana pasada CPI publicó una encuesta donde el Congreso ha obtenido una cifra preocupante en cuanto a su aprobación, siendo igualmente mala en Lima y en provincias. No constituye ningún paliativo que el Presidente registre también cifras de un dígito, en una clara muestra que los actuales ocupantes precarios del espacio denominado “clase política” carecen de respaldo popular, por encima de las consignas y de la propaganda desplegada con dinero de los impuestos. Lo del Congreso es injusto, porque tuvieron actitudes ciertamente memorables: frenaron el mañoso referéndum para la asamblea constituyente digitada, limitaron la cuestión de confianza, supieron fiscalizar exitosamente al gobierno corrupto, lograron consensuar un nuevo TC para cumplir con el mandato constitucional, e incluso han aprobado algunas leyes positivas, aunque también de las otras.

Ante ello, es bueno recordar que una asamblea políticamente representativa no es un colectivo homogéneo, en cuanto a la verdadera naturaleza de sus integrantes podríamos diferenciarlos en cuatro grandes grupos: los socialistas de diferentes tendencias, desde las más radicales emparentadas con SL hasta las dependientes del Instagram; los subordinados, que obedecen a las órdenes de servicio de jefes adinerados, y sin convicción política alguna leen lo que se les escribe y votan por lo que se les paga; las derechas, que intentan suplir su inexperiencia atrincherándose en sus creencias y emociones, renunciando a lograr acuerdos políticos con los otros grupos; y el grupo menos numeroso, el centrista, que hace del vacío ideológico su religión, sumándose a las iniciativas solo cuando pueden obtener ventaja.

Pero no es que este Congreso provenga de una realidad paralela, de un arreglado sorteo de curules. Si reflexionamos, los grupos representan en buena medida a las grandes tendencias existentes en el electorado; dicho de otra manera, eso es lo que somos y no queremos aceptar, responsabilizamos por nuestra realidad a una institución que recoge nuestros defectos como sociedad casi sin intermediación de organizaciones políticas que nos propongan candidatos formados y capacitados en cada región; es sabido que, ante la falta de partidos, las agrupaciones electorales se ven forzadas a reclutar a cualquier interesado sin poder evaluarlo convenientemente, cuando en el pasado merecer un lugar en la lista de un partido organizado era el sueño de los militantes más ambiciosos, el premio a toda una vida de trayectoria partidaria.

Solo una verdadera reforma política, destinada a fortalecer a los nuevos partidos políticos que surjan de esta crisis, y nuevas reglas electorales, podrán prestigiar al Congreso cuya aceptación dependerá siempre de la calidad personal de sus integrantes.

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