Los discursos de asunción de mando presidencial marcan un derrotero del nuevo gobierno, marcando los límites y alcances de éste, aunque no es un discurso en que el Presidente deba exponer su plan de gobierno, función que deberá ejercer el presidente del Consejo de Ministros ante el Congreso al solicitar se le otorgue la confianza al gabinete ministerial.

Muchos especularán que le faltó hablar de esto o aquello, o aún otros con las heridas electorales abiertas juzguen impropiamente su contenido, lo cierto es que el Presidente Castillo ha marcado la línea divisoria que separa a los radicales que hablan de una revolución de las calles y el resto del país que quiere cambios pero con garantías de libertad y Democracia.

El derrotero que ha trazado es el que muchos de sus votantes aspiraron al momento de votar por un profesor que parecía hablar la verdad y que tenía un compromiso auténtico con el pueblo del Perú, su prioridad: las necesidades de los pobres para que puedan trabajar y hacer riqueza, algo muy importante porque no cayó en los mensajes populistas de anuncio de más programas sociales sino en la conversión de los existentes.

Hizo una demostración del conocimiento de la realidad del Perú profundo y planteó medidas para remontar sus problemas de impedimento al desarrollo, en lo que sus predecesores nunca se ocuparon sino para plantear programas asistenciales, esto es, para mantener las condiciones de pobreza y dependencia del asistencialismo del Estado, que mantiene conformes las conciencias de los que se sirven del modelo económico y les genera rentabilidad política para seguir manteniendo el poder.

Ese esquema ahora se ha quebrado y el pueblo del Perú profundo eligió Presidente, que para despecho de algunos no seguirá el derrotero de la hoja de ruta escrita por el Club de París, sino que hará un gobierno de peruanos por el Perú.

Subsiste la preocupación de que los líderes del partido que lo postuló a la Presidencia pretendan sojuzgar las decisiones presidenciales, amenazando con una extorsión pública y pretensiones sediciosas, punibles penalmente, y que en el camino estén imponiendo soterradamente a los cuadros que les asegurarán su objetivo declarado de tomar el poder más allá del Presidente.

Creemos que el Presidente Castillo, a quien le conocemos mucho más coraje moral que sus opositores radicales, sabrá ponerlos en su lugar para garantizar el gobierno soberano, libre de toda influencia extranjera y de sus diligencieros, que prometió.