Hace poco menos de un año, el presidente Vizcarra y su ex ministro de Justicia -hoy premier- tuvieron una idea. Y, como ensayo de república que todavía habita en lo real maravilloso, su idea se hizo fuente de Derecho: en ese momento crearon el concepto de “disolución fáctica del Parlamento”. Un concepto inexistente en cualquier Estado de Derecho salvo el que el Tribunal Constitucional legitimó y gran parte de la prensa ignorante aplaudió. La figura va más o menos así -si me permiten interpretar la doctrina Vizcarra-: si la realidad dicta condiciones que son adversas se genere un quiebre -un desdoblamiento- entre los hechos y las expectativas. Y el escalón “lógico” (con el perdón de Aristóteles) que permite trepar esa pendiente es la interpretación fáctica de las condiciones. En buen castizo: cuando el contexto es adverso se hace lo que quien ostenta mayor concentración de poder prefiere y la disrupción se legitima reconociendo la alteración como inoponible por su condición fáctica.

Así fue como el gabinete Del Solar recibió la confianza y el nuevo gabinete -el encabezado por el señor Zeballos- disolvió, sin siquiera haber jurado como ministro, fácticamente al congreso anterior. Darwinismo jurisprudencial, en poco.

Muy bien le funcionó inicialmente al Ejecutivo. El Congreso se había convertido en el receptáculo de todos los yerros habidos y por haber -méritos hizo, admitamos- y el Presidente junto con su gabinete se abrieron trocha en las aguas políticas encrespadas y fueron -Silvio- matando canallas con su cañón de futuro. El tema es que los precedentes funcionan para tirios y troyanos. Entonces: este bálsamo inicial que le permitió al ingeniero Vizcarra legitimar golpes directos al Estado de Derecho con la aceptación fáctica que el báculo del poder confiere ahora le juega en contra. La cuarentena que el Gobierno ha levantado no ha sido producto de una decisión consensuada: la cuarentena se levantó fácticamente. El pueblo -que en esta sociedad anarquizada por la muerte y la recesión- ya es más poderoso en sí mismo que cualquier institución del Estado decidió que ya era suficiente encierro y se hizo a las calles. Así, el Presidente no tuvo más alternativa que seguir a la realidad y empezar a despertar de este sueño en el que sus ideas podían imponerse mientras los balcones derramaban aplausos. La República está siendo, por este gobierno, descuartizada fácticamente: desde el Ejecutivo inútil, en primer lugar, pero secundada por el Congreso.

Es increíble cómo los inventores de la legitimidad fáctica -argucia basada en la primacía de la realidad propia proyectada por el poder- hoy manejan una narrativa que ni el más creativo cuentista podría imaginar. Habla el Presidente y lo secundan sus ministros: pareciera que el señor Vizcarra, después de 111 días de desastre, es un estadista, un líder sabio (frase para el salón de la fama de la mermelada) y un victorioso mandatario que ha sabido mantener a raya a una pandemia. Vamos a ver: somos el quinto de 215 países en el mundo con más contagios. Hay cada día menos contagiados, pero también se hacen menos pruebas. El PBI ha caído en 40% y 4 millones de personas han perdido su trabajo -por suerte el ingeniero Vizcarra ha declarado laborables el 27 y el 29 de este mes; ahora solo falta en dónde laborar-, el 15% de los estudiantes de universidades privadas ha abandonado el ciclo y el Estado insiste con que han muerto poco más de 10,400 peruanos. Johns Hopkins, la Universidad líder mundial en medicina no acepta nuestra data y no la registra. Sucede que hay más de 34 mil peruanos que han muerto desde el inicio de la pandemia sin explicación. El Presidente no asume culpas ni responsabilidades.

Ha dicho incluso que la Historia lo va a juzgar. Quizás porque creerá que en el presente no hay insumos suficientes como para ver la genialidad del Gobierno que destrozó al Perú y con el tiempo fermentará una nostalgia por su ineptitud superlativa. El Perú es el país de la región que peor ha manejado esta crisis. Y si el señor Vizcarra considera que todos los problemas que impiden que su inoponible virtud como gestor son herencia de otros, pues que se le eche la culpa de todos los males a San Martín, a la primera Junta, a la Serna o directamente a Atahualpa. Un político entra en la arena de la cosa pública porque sabe -o al menos cree que sabe- cuáles son los problemas con los que tendrá que lidiar. Y el señor Vizcarra no tenía la menor idea. Prometió hospitales que no existen, tablets que no llegan, camas UCI que no alcanzan y una lucha contra la corrupción que parece una broma de mal gusto. El señor Vizcarra se hipoteca a la Historia, pero comete un error -quizás porque de Historia sabe poco-. El pueblo que llena de flores un lunes, decapita un martes. Esa es la naturaleza del poder. Mientras esperamos por la Historia, este gobierno ha destrozado la República.

Y que los memoriosos alcen pronto su voz. Porque -frente a la Historia- quienes hoy ejercen el poder interinamente dirán que el Covid-19 generó la peor crisis de nuestra república. Mentirán: la crisis la generó la ineptitud, la vanidad y la adicción al poder. La pandemia la hizo evidente y devastadora. El descalabro empezó cuando el Presidente se hizo albacea de la moral y cerró un Congreso electo dando un golpe de Estado. Lo dije ese día y lo repito hoy. Yo también espero -ansioso- el juicio de la Historia.