Por Javier González-Olaechea Franco

Es tan apocalíptico lo que estamos viviendo que no encontré mejor título. Estamos frente a dolorosas lecciones y que pudo encontrarnos mejor apertrechados. Si no las entendemos, de poco o nada habrá servido el Coronavirus.

Por fin como peruano puedo abrigar una tibia esperanza; que afloren más y se eternicen sentimientos y actitudes positivas con el prójimo y con nosotros mismos entendiendo el tesoro de la familia y el valor de ser sociedad.

Debemos dignificar a la familia como núcleo esencial y solidario por excelencia ante tanto desorden social e individualismo, recuperando el respeto por nuestros padres y abuelos considerando que obviarlos, desatenderlos, ignorarlos y abandonarlos nos precipita al subsuelo de la condición humana.

Tras ver aplausos y reconocimiento a los profesionales de la salud, fuerzas del orden, recolectores de basura, barredoras y tantos más, debemos valorarlos sinceramente y ello significa pagarles mejor, tratarlos con respeto y cortesía, mostrarles permanentemente gratitud.

Respetemos a la autoridad y emprendamos una profunda y urgente reforma que concluya con la necesaria e impostergable nueva estructura de la seguridad nacional, el ministerio de la Seguridad Nacional. La realidad demuestra que el comando unificado es necesario, funciona y la gente aprecia la seguridad brindada.

Rescatemos la esencia de nuestros dioses ancestrales; a Wasikamayuq, guardián de nuestros hogares y a Mama Nina, también considerada purificadora. Soñemos el día después con mejores hogares y habiendo purificado todo lo putrefacto que parecía inamovible, como paisajismo costumbrista.
Habremos de aprender que, si no ensuciamos, contaminamos menos, nos exponemos menos. Deberemos priorizar las obras de agua y el equipamiento descentralizado de los centros de salud y no refinerías de dudosa pertinencia y maloliente presupuesto.

Debemos implementar muchísimo más el teletrabajo y así encontrar un equilibrio con la familia, transitaremos menos, contaminaremos menos, liberaremos las calles y ahorraremos más. Podremos capitalizar nuestros ahorros o satisfacer más necesidades y sostener la economía.

Adultos y los nativos digitales, debemos salir fortalecidos en valores cívicos dándonos cuenta que el individualismo “on line” y “ vivir en nuestro mundo” nos perjudica a todos.

El día después debe hacernos más exigentes con nosotros mismos, alejar a los gobernantes de una vez por todas de la rapiña y al Estado del despilfarro. Erradicar la justificación de lo inútil, tener a los maestros mejor preparados y pagados y que enseñen valores cívicos individuales y sociales. Quiero esperar que algunas empresas dejen de mirarse el ombligo y a algunos empleados y obreros a pensar cómo mejor contribuir en sus empleos para que el conjunto sea y se redistribuya mejor.

No podemos seguir con un Estado atrofiado. Debemos reformarlo sin sacrificar empleos. Esto obliga a meterlo en un quirófano presupuestal y diseñarlo de forma inteligente, al servicio con mayúscula con las mejores prácticas. Obligatoriamente la reforma pasa por incorporar la inteligencia artificial y los componentes digitales a todo lo largo y ancho del Estado y del país. Sin información fiable, sin geolocalización de necesidades y oportunidades desde un gobierno altamente digital, ahora vemos cómo se dan bonos a muertos y otros están muertos sin bono.

El día después debe potenciar la cooperación popular y la solidaridad. La solidaridad no sólo es donar, es ser sensible al dolor ajeno, al de las mayorías y preocuparse en ofrecer soluciones a todo lo que nos aqueja.
Hemos visto que las cadenas y las conexiones sirven, diversos profesionales ofreciendo sus servicios gratuitos desde sus casas, una maravilla. La lista puede ser larguísima, pero el día después, puede comenzar cuando lean estas líneas de esperanza.