El 2020 ha sido un año terrible en tantos aspectos que nos faltaría papel para enumerarlos. Las cuarentenas produjeron que algunos negocios, que ya veían su situación económica bastante comprometida, simplemente quiebren, como el caso de una buena cantidad de librerías. Los empleados de las cadenas de cine han sido despedidos. Las producciones teatrales y cinematográficas quedaron en suspenso, los museos y galerías se cerraron al público. Incluso las mesas de diálogo y debate de ideas, desaparecieron. Es cierto que, poco a poco, más con ingenio y buena voluntad, se adaptaron a las plataformas y redes sociales, y que esto tiene sus ventajas y desventajas. El Estado trató de apoyar a las industrias culturales, pero debemos ser claros, jamás han sido una auténtica prioridad

Podemos confirmar la poca importancia que le han dado los pasados gobiernos a las industrias culturales si comparamos los presupuestos otorgados a los ministerios. Lo que le toca al Ministerio de Cultura es casi una propina. Algunos economistas han defendido el bajo presupuesto, pues consideran que la cultura no representa un ingreso al país, por lo que no debería ser una inversión por parte del Estado. Eso pasa cuando se ve la realidad a través de una página de Excel.

El presidente Francisco Sagasti, en la parte final de su elocuente primer discurso presidencial, recitó un fragmento de un poema escrito por César Vallejo. Aseguró que era su favorito, se mostró emocionado. Muchos y muchas compartieron esa emoción, otros hicieron uso de un velado clasismo para halagar al cultivado Sagasti y criticar a otros de conocimientos más pragmáticos, y los más memoriosos evocaron a la lista de presidentes intelectuales que no hicieron más que daño al aparato estatal. Confieso que a mí me agradó, pero por la esperanza que me produjo la posibilidad de que lo cultural se integre al discurso oficial, se le reconozca su importancia más allá de lo lucrativo, y que se apoye el avance que el MINCUL ya ha iniciado.

Esperanza vigilante, por supuesto.