La elite política local es incongruente y antidemocrática. Tanto la afincada en el Ancien Régime, como esa chusma postmoderna que aún se cree con poder. Pero señores, ¡el poder ya lo perdió! Hoy lo ostenta una mojarra delincuencial que lo mangonea como no ha ocurrido jamás. Es la fuerza draconiana apostada detrás del trono que todavía ocupa Vizcarra. Una elite que se regocija cuando existen indicios -como audios, fotos, videos, chats, etc.- denunciando que algún opositor está envuelto en delitos. En esos casos –solamente en esos casos- exigirá su inmediata imputación y encarcelamiento preventivo. Pero si las evidencias acusaran a un partidario suyo la elite se horrorizará, clamando ponderación y pidiendo que, antes, se practiquen peritajes “para verificar su autenticidad e investigar eventuales alteraciones”. Aunque al final del día, acabará pasando lo suyo por agua tibia, bajo el paraguas del “antes está el interés nacional”. Además, aprovechando la crisis sanitario-económica, hoy alega eso de “en tiempos de crisis lo menos conveniente es adoptar medidas drásticas”. ¡La elite tiene un múltiple rasero! Condena de antemano a los acusados que no comulgan con sus credos hipócritas, mientras por esos mismos cargos pasa a sus cófrades por paños fríos. El medir con diferentes varas a los peruanos es un problema ético que se agrava desde que, aparte de manejar al mandatario, la elite política tiene bajo sus órdenes al Poder Judicial, la Fiscalía, el Ministerio del Interior, los sistemas de inteligencia, etc. Por tanto es el Estado el que trata con distintas varas a unos y otros ciudadanos. En concreto, aquel que apoye al régimen -que respalda la elite- tiene la vida comprada. En tanto quien se oponga será pasible de ser acusado, investigado, mediáticamente juzgado y judicialmente condenado por cargos idénticos a aquellos que recaen en los oficialistas, siempre declarados inocentes. Amable lector, acá y en todo el mundo democrático a esto se le denomina dictadura.

En buena medida este estilo tiránico de maltratar al opositor se basa en que, como lo expusimos días atrás, “desde la candidatura de Toledo, e incitada por voceros de una aristocracia local encabezados por Vargas Llosa, nuestra elite -que se sentía herida en su soberbia tras haber sido derrotada por un japonesito- buscó retomar su señorío. Desde esa vez, con sed de venganza y ansias de mando. Su objeto apuntaría desde entonces a pasar por alto todo lo que cometiera el chinito, en contraprestación a que le devolviese el poder adquisitivo a la elite –patrimonio evaporado por los socialistas que gobernaron el país entre los años sesenta y noventa. Asimismo, en reconocimiento a que, además, el chinito salvara a la elite peruana del terrorismo sanguinario, incubado justamente por los socialistas que, ladinamente, desde entonces vienen metiéndose al bolsillo a nuestra venida a menos aristocracia, ahora convertida en progresista.”

Lo ocurrido con Vizcarra demuestra fehacientemente el doble rasero que, de la forma más grosera, hoy se impone en el país con el aplauso de aquella torpe, ladina, farisea elite, que antepone sus intereses al Estado de Derecho y los principios democráticos.