El dolor de Beccaria

El dolor de Beccaria

Sería un suceso extraordinario si con la ayuda de las actuales maravillas tecnológicas y científicas, más una significativa dosis de imaginación, pudiéramos construir una máquina del tiempo para poder transportar hasta nuestros días a algunos personajes claves de la historia pasada. En el derecho podríamos advertir cómo las angustias y problemas de la justicia tienen una raigambre secular y hasta milenaria. Y aunque muchas mentes iluminadas de hombres con almas blancas encontraron el antídoto contra esos males, las dolencias persisten porque no se implementan las recetas sugeridas. En su lugar, se suministran sustancias inocuas disfrazadas de panaceas.

Imaginemos la posibilidad de tener en nuestros días al economista, filósofo, literato y jurista italiano Cesare Beccaria. Imaginemos también que se concentre en el análisis de la realidad de la justicia latinoamericana. Sin lugar a dudas, se sentiría frustrado y abatido. No lograría entender la razón por la cual desde hace más de un cuarto de milenio que publicó su magna obra De los delitos y de las penas se le ha hecho caso omiso a su genial diagnóstico.

Con algunas variantes -propias de la historia-, pero que en esencia no han variado los dos faroles que iluminan el derecho penal y el derecho procesal penal: la venganza y el miedo.

Seguramente, con educación, pero con firmeza, exclamaría: Yo señalaba hace más de 250 años: 1) No es en ningún caso la voluntad del juez, sino las leyes, lo que puede dictar las penas. (Sin embargo, hoy se practica, muchas veces, un voluntarismo judicial con gran influencia política y mediática). 2) Las penas deben ser tan leves y humanas como sea posible mientras sirvan a su propósito, que no es causar daño, sino impedir al delincuente la comisión de nuevos delitos y disuadir a los demás ciudadanos de hacerlo. (No obstante, de manera continua se endurecen las penas y sanciones hasta cotas casi irrazonables. La razón: “Así lo exige la opinión pública”). 3) Lo que más disuade a los ciudadanos de violar la ley no es la exagerada gravedad de la pena, sino la inexorabilidad de la justicia. No se debe aplicar castigos inhumanos, sino aplicar castigos relativamente leves, pero con toda seguridad. (Pero en contra lo que ha señalado la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, se tienen normas que permiten prisiones preventivas de hasta cuarenta y ocho meses. Lo mismo sucede con las condenas que por la edad de los sentenciados constituyen cadenas perpetuas maquilladas). 4) La tortura aplicada al reo para que confiese y/o delate a sus cómplices debe abolirse, porque beneficia al culpable fuerte y perjudica al inocente débil. (Y antes de que se levanten voces señalando que están abolidos los tormentos y torturas en esta parte del mundo, inmediatamente Beccaria nos diría que no forma parte de la juridicidad las estigmatizaciones a los procesados y que la presunción de inocencia también debe ser respetada por cierto sector de la prensa).

Uno de los más importantes estudiosos de Beccaria, Perfecto Andrés Ibáñez, afirmó que el jurista italiano era un hombre tímido y de trato afable y cordial. Si pudiera ver esta realidad del derecho penal material y procesal en Latinoamérica, Beccaria no tendría una reacción violenta, desaforada. Sentiría, más bien, un gran dolor por la humanidad del siglo XXI.

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