La esperada como repudiada nueva cuarentena dispuesta por el gobierno de Francisco Sagasti acarrea diversos impactos que han venido siendo analizados desde su anuncio. El primero de todos, la duda sobre su efectividad pues por más maquillaje o matices introducidos respecto a la anterior experiencia marzo-junio 2020, es otro encierro. Un límite a la libertad de movilización en un país donde el hacinamiento en inmuebles pequeños (con todos sus grados de precarización y promiscuidad familiar) constituye el paradigma habitacional.

La segmentación regional de los niveles de riesgo tampoco califica como gran avance si no está garantizada la dotación adecuada de pruebas moleculares, el contact traicing digital, el monitoreo de la atención casera, la operatividad de gobiernos regionales y locales para estos propósitos y un largo etcétera. Menos loable es haber puesto la carreta delante de los bueyes en el tema de los bonos, pues se anticipa el martillazo sin un programa inmediato de asignación de tal estipendio. Se calcula que el bendito bono empezará a entregarse dentro de 15 días, cuando se supone termina la cuarentena (cosa que no pasará) y el 80 por ciento de la PEA informal ya padecerá necesidades extremas.

Y ni qué decir las distorsiones que introduce al proceso electoral en marcha. Paralizar las actividades proselitistas con desplazamiento físico de los candidatos –cumpliendo los protocolos exigidos a otros ejercicios grupales, como por ejemplo los vinculados a la producción– equivale a matar el 50 por ciento de un buen plan de campaña. Y no vengan con el cuento en torno a que las redes sociales o medios audiovisuales sustituyen exitosamente esa tarea.

En medio de todo esto, el Ejecutivo ha informado que el próximo 9 de febrero arribará al país el primer lote de vacunas producidas por el laboratorio chino Sinopharm. Se trata de un millón de dosis que serán aplicadas a quienes integran la primera línea de combate a la covid-19 (personal hospitalario, policías, miembros de las FF.AA., etc.). De ahí habrá un vacío de llegada de más vacunas en este primer trimestre, mientras se cierran los acuerdos con otros laboratorios. Podría reiniciarse en mayo, junio o julio.

Esta noticia sí cambia el panorama personal de cada compatriota que – rofundizando o no en la naturaleza de la maldita pandemia– aspira a salir cuanto antes de la incertidumbre, desolación, miedo, desorden emocional y cuanta afectación íntima padece en tan terribles circunstancias. Hablen con un sobreviviente europeo de la II Guerra Mundial y comprenderán mejor lo que digo.

Y aunque un 48 % asegura en las encuestas que no se vacunará por temor a los efectos colaterales, pongo entre paréntesis tal aseveración. El efecto-vacuna será mayor y colocará una nueva meta aspiracional en la salud del país. Veámoslo con detenimiento.