La personalidad de estos seres humanos se siembra y se cosecha en la infancia y en el hogar, lo podemos observar cuando hemos sido niños en la escuela, ya se perfilaban algunos alumnos y alumnas, que pensaban primero, segundo y tercero en ellos, no compartían la lonchera, los útiles, los cuadernos, no prestaban información sobre lo que había hablado el maestro, en los recreos formaban su grupo cerrado impenetrable. Lo curioso es que los padres se dan cuenta de este comportamiento de los hijos, sin embargo, no le prestan importancia porque ellos son así y nunca se preocuparon por los demás.

Estas personalidades no aceptan ningún consejo, siempre piensan que tienen la razón, siendo lo más grave que en el desarrollo de su vida, adolescencia, juventud, adultez y vejez no cambian, estilos de vida que quedan profundamente enraizados en su “yo interior”, salvo que haya experiencias que los hagan reflexionar, la muerte de los padres, la enfermedad grave de la familia, la pérdida de trabajo, son acontecimientos que quizás podrían movilizar algunas áreas de la estructura de la personalidad que modifiquen su actitud frente a la vida.

Estas personas al momento de establecer una relación de pareja no son fáciles de adaptarse, por lo general buscan personas sumisas, que no le den la contra en nada, de lo contrario cortan la relación, tienen dificultades de ponerse en el lugar de la pareja. Como estos casos existen muchos, lo que sucede es que para llevar la fiesta en paz, por los hijos o por la pareja en sí, son tolerantes, pero todo tiene su límite, la falta de autoestima no puede degradar al ser humano de considerarse un cero a la izquierda, la época de la esclavitud emocional es historia, pero en realidad existe. Es por eso que frente a estas personalidades debe abrirse una puerta de diálogo por una de las partes con la expresa finalidad de encontrar un equilibrio y si no hay capacidad de hacerlo, buscar ayuda de un guía espiritual en aras de una buena salud mental. Los hospitales de salud pública están llenos de programas de conflicto de parejas y de inadecuada relación con los hijos, es cosa de tocar la puerta, caso contrario, se corre el riesgo que la historia se repita de generación en generación, porque se perfila un estilo de vida catastrófica que no se debe permitir.

Este perfil psicológico de personas egoístas y tolerantes es un caldo de cultivo para la separación, el divorcio, el adulterio, el vivir una doble vida, donde surge el conformismo de seguir viviendo así, por lo tanto, es necesario evitar que se instale un trastorno de personalidad dependiente y buscar la libertad interior y la paz consigo mismo y los demás.