En el libro del poeta libanés Khali Gibran Khali, se lee que en el mundo real del espíritu, sólo hay encuentros y nunca despedidas. Lo supo el psicólogo norteamericano Wayne Dyer, a los 34 años frente a su padre a quien nunca había visto. Atormentado desde la niñez por el abandono de esa indispensable figura parental, se dio en olvidarse de él en medio de un odio acérrimo que lo hacía sin embargo cada día más presente. Hasta que averiguó en donde estaban sus restos. Y un día de junio, delante de una solitaria lápida al sur de Misisipí, se encontró con él por primera vez. Y lo perdonó…
Hace sólo unos días, en China, Guo Gangtang encontró a su hijo tras buscarlo 24 años y recorrer medio millón de kilómetros en motocicleta. Su hijo tenía apenas dos años y cinco meses cuando fue raptado frente a su casa en la provincia de Shandong, para alimentar el infame negocio de la trata de personas. China ha logrado que se encuentren, gracias a una política al respecto, a 2609 niños desaparecidos en la década del 80 en la que esta lacra se diseminó por todo el país.
La tradicional preferencia por los hijos varones, unida a las restricciones de nacimiento, acentuó los secuestros de niños, que luego eran vendidos a parejas que deseaban tener un heredero varón. Tras una prueba de ADN, la policía comunicó a Guo que un maestro de 26 años que vivía en la provincia de Henan en el centro de China era su hijo desaparecido. De acuerdo a cifras oficiales, la campaña realizada ha permitido el arresto de 372 sospechosos de secuestro y trata.
Ambos padres e hijos, los estadounidenses y los chinos, en tiempos y lugares distintos y lejanos, tuvieron un encuentro. Se abrazaron y lloraron. En uno de los casos, el abrazo y las lágrimas sólo alcanzaron a las flores frescas y vívidas de una memoria que no se resignaba a un final sin nombres y cruces. De uno de ellos fueron testigos millones de chinos por la televisión. Del otro, sólo el viento y la lluvia del cementerio de Biloski…
¿Quién no se siente retratado en el peregrinaje de Guo Gangtang? ¿Quién no daría lo que fuere por evitar el innecesario sufrimiento de un hijo, aceptando, por cierto, el sufrimiento que enseña, que abre rumbos, que cierra historias que se deben cerrar, aquel dolor forjador que es parte indesligable del entramado de la vida?
Escribiendo estas líneas pienso que tal vez Wayne Dyer no se encontró con su padre, como Guo Gantang, sino consigo mismo. Es enaltecedora la tenacidad y conmovedora la fe del padre que busca a su hijo sin desmayar por un país continente hasta que lo encuentra. En cuanto a Melville Dyer, su hijo lo halló en un túmulo de hierba verde. Ese señor ausente no lo buscó, no lo extrañó, no lo quiso. Wayner deseó perdonarlo y acaso su gesto sea edificante para muchos pero contradictorio para otros que como yo jamás lo hubiésemos perdonado, porque los rastros y restos de los padres que abandonan a su hijos, así como los de los violadores, deben ser devorados por los buitres.
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