Fue tan humano… demasiado humano, que siempre vivió de la ilusión (liberando al hombre de todas sus ilusiones) y al mismo tiempo “como si el día hubiera llegado”. No pudo con la fatalidad de sus tardes y sus noches y para compensarlo se declaró enemigo de Dios. Era en el fondo un pastor como lo fueron varios de sus antepasados. Por ello, no hizo nada más que predicar con desesperación un nuevo evangelio. En esa prédica contó con admirable fidelidad sus penurias y sus glorias. Y anticipó su muerte y su muerte de cruz: en una carta a Georges Brandes se llamó el crucificado, poco después de que en Turín declarara abiertamente su divinidad. Ya estaba loco.

Cuántas veces para aliviarme de mí mismo, para olvidarme de mí mismo -escribió- he tenido que refugiarme o perderme en cualquier parte. Admiró de los griegos su sentido del equilibrio y la moderación y aborreció los excesos de todo tipo; él que era, casi por antonomasia, una desmesura.

Como pocos se asomó al insondable abismo de la vida; quizás por eso falseó, inventó, “que no otra cosa hacen los poetas”. Deslumbrado por la vastedad del paisaje, se aventuró en él, es decir, saltó hacia la tierra de los pájaros migrantes, a sabiendas de que el hombre que ha alcanzado la libertad de la razón es sólo un caminante perdido y sin destino.

Lo fue siempre y del todo y tal como lo había pensado y redactado no llegó a ningún sitio o tal vez llegó pero nunca lo supo porque para ese entonces estaba completamente loco. Anduvo siempre solo, salvó en el invierno de 1863, en el que por primera y única vez en su vida se enamoró de una muchacha menuda y triste. Su aventura intelectual fue, sin duda, patética y terrible. Qué hago al borronear estas páginas, se preguntó en uno de sus textos: velar por mi vejez: registrar para el tiempo, cuando el alma no puede emprender nada nuevo, la historia de sus peregrinajes y de sus viajes de mar. Lo mismo que me reservo la música para la edad en que esté ciego.

No perdió la vista sino la razón (que tan fulgurantemente había hablado por su boca) y no se reservó nada para esa épica circunstancia. Sus críticos y contemporáneos lo acusaron de todo pero sólo algo de ese vendaval lo tocó de veras: la presunción de que todos sus escritos contenían lazos y redes para pájaros incautos. Pajarero lúcido y exangüe echó efectivamente sus redes en el vasto y sordo cielo y no retuvo nada salvo el ave de pecho tornasol que traía en su pico el último recado de los dioses.

En su historia familiar predominaban las enfermedades mentales: dos tías maternas las tuvieron y una de ellas se suicidó; un tío paterno de la misma manera. Otro acabó en un asilo. Su padre, que era autista, murió a los 35 años y meses antes de fallecer casi no existía. Sólo su hermana Lisbeth era cuerda y, además, tierna y lo cuidó hasta el último día. Una noche rompió a llorar al ver a ese coloso del pensamiento tan sólo y tan ido, mientras él le decía, tocando a Mozart en el piano: Lisbeth, Lisbeth, ¿por qué lloras, acaso no somos felices…?

Cristo Dios dijo en una de sus prédicas: muchos son los llamados pero pocos los escogidos. Tal vez Friedrich Wilhelm Nietzsche no era su enemigo, sino que sencillamente Él no lo escogió.