“Hay que cambiar el actual sistema económico” es, desde la llegada del ratero Humala al poder, el grito de guerra del socialismo. Y en general de sus socios progre, caviares. Inclusive de mucha gente que vive como el mejor de los derechistas, aunque predica como el más hepático socialista. En rigor, para esas personas “cambiar de sistema” es meter al crematorio todo lo relacionado a aquellas reformas económicas realizadas en los años noventa. No les interesa si fueron buenas o malas. Simplemente deben pasar a la hoguera y ser reemplazadas por otras de la cosecha progre-marxista, infiltrada en el Estado primero por Humala, luego aggiornada por PPK y finalmente consolidada por un incompetente Vizcarra.

Pero esta grita es sólo eso. El lamento de los frustrados y siempre resentidos sociales, que respiran por la herida al haber sido incapaces de proponer mejores alternativas al sistema creado en los noventa. Este sí le permitió al Perú crecer, como nunca lo hizo durante toda su etapa republicana. Inclusive por encima del período de bonanza de Odría. Al extremo que superamos aquella quiebra nacional de finales de los ochenta; desarticulamos dos bandas terroristas; y sanamos esas profundas heridas dejadas por una secuela de miseria, sangre y muerte legadas por el frenesí neosocialista. Sistema que continuó, entre los años sesenta y 1990, con letales resultados de atraso, miseria y amargura social. La verdad es que entre 1994 y 2011 el Perú obtuvo multimillonarios superávits presupuestales durante cada ejercicio. Dinero que sirvió fundamentalmente para reducir esa colosal pobreza extrema –que superó el 50%–, herencia de los sueños de opio zurdos. En ellos, el Estado fue amo y señor de todo y la propiedad privada se redujo al mínimo.

La sociedad se volvió esclava del jerarca de turno. Desaparecieron las libertades de toda naturaleza. Porque el régimen se convirtió en el tirano que debía aprobárnoslo todo mediante permisos burocráticos. Tal como viene haciéndolo ahora Vizcarra. Desde otorgarnos pases para circular por la calle o licencias para salir fuera del distrito donde residimos, hasta prohibirnos circular los domingo. ¿Acaso alegando alguna medida de emergencia Vizcarra repetirá las cuotas de divisas para importar y/o viajar por negocios o vacaciones; prohíba ahorros en moneda extranjera; o retorne al corrupto subterfugio del Dólar Muc?

Tanta fue la bonanza generada entre los noventa y 2011, que el corrompido Humala metió al Estado a un millón de burócratas para “calmar! a sus cófrades y robar alejado del reclamo social; Kuczynski no gobernó y entregó el poder al progre marxismo; y Vizcarra se da el lujo de dispendiar US$35,000 millones, para disimular sus nefastos desaciertos en el manejo esta crisis sanitaria convertida en recesión económica con visos gravísimos. Ese dispendio de US$35,000 millones para atender la crisis sanitaria ha sido posible pese a que Toledo, Humala, PPK y Vizcarra –aún no es investigado– defraudaron US$28,000 millones mediante obras sobrevaluadas, muchas superfluas. Y encima se llevaron equis millones de dólares a sus bolsillos. ¡El sistema económico no es el problema! Los ruines son quienes malversaron sus fantásticos resultados.