Todo cambio social importante produce un nuevo realineamiento de las fuerzas políticas en torno a las nuevas necesidades de representación, lo que genera beligerancia y quiebre de los estándares democráticos.
En ese marco teórico podemos explicar la candidatura de Leguía en las elecciones de 1919, expresión política de las clases medias emergentes contra el aristocrático civilismo que intenta cambiar los resultados y provoca un golpe de estado con apoyo de la gendarmería y de los estudiantes de la Universidad de San Marcos. El Oncenio de Leguía moderniza al Perú, pero adversarios no le perdonaron haber destruido al civilismo, sabiéndolo enfermo lo mantuvieron en la cárcel hasta su agonía.

La crisis económica mundial diluye a los partidos moderados en las elecciones de 1931, y los principales candidatos son Haya de la Torre, representando a las clases medias provincianas y al sindicalismo anarquista, frente a Sánchez Cerro quien lidera al populismo nacionalista que arrastra la simpatía del poder económico y de la clase social más empobrecida. Los odios generados arrastran al aprismo a la clandestinidad durante tres décadas en los que es denostado por la propaganda oficial, postergando políticamente a un tercio de la población adulta, que participa organizadamente eligiendo a candidatos ajenos, a cambio de la libertad de sus dirigentes.

La crisis económica de la década de los 80 y el fenómeno terrorista significaron también el final de una época, una ruptura social. Desacreditada ante la mayoría de los peruanos cuya economía familiar es esencialmente informal y cuyo proyecto de vida se desenvuelve al margen del Estado, la élite política y económica debió aceptar el triunfo electoral primero, y luego la antiliberal concentración de poder de un desconocido Fujimori que probablemente deberá morir en la cárcel satisfaciendo el deseo de venganza de sus enemigos, mientras que los activistas de su partido son perseguidos y despojados de su prestigio personal y profesional.

Comienza otra crisis económica mundial provocada por el Covid-19, que producirá una ruptura con el reciente pasado político. Será la inteligencia de los actores la que decida el destino de los actuales intereses y emociones en 2021. Ese 70% de informalidad, sobreviviente a las trabas burocráticas y a la absurda legislación estatal, necesita ser políticamente representada por una candidatura que les dedique un discurso estructurado y creíble, que conecte con sus legítimas necesidades y al mismo tiempo, no atemorice a las clases medias empobrecidas; ofreciéndoles un nuevo modelo que integre el Estado formal a la sociedad informal, la ilusión con la realidad.