El presidente Sagasti debería recordar que las mentiras tienen patas cortas, y que en el Perú, pese a todo lo que tramen los poderosos, al final del día todo se sabe. Ayer EXPRESO puso en evidencia otra de las engañifas de esté régimen destructor, que lo iniciara el hoy investigado con prisión domiciliaria Kuczynski; lo heredara el igualmente investigado por corrupción, aunque increíblemente en libertad y postulando a una curul parlamentaria, Vizcarra; y lo continuaría el buenista, aunque improvisado gobernante, apellidado Sagasti. El común denominador de este régimen –que se apresta a culminar su lustro en el poder– es la mentira. Mintió PPK escondiendo las puertas giratorias a su paso por el poder con Toledo, con el cuento de la Reconstrucción con Cambios, con el indulto a Fujimori, etc., etc. Las mentiras de Vizcarra ocuparían varios tomos, y aún así no alcanzaríamos a compendiarlas.

Pero quizá las mas graves sean las que enviaron al cementerio a decenas de miles de peruanos. La cifra verdadera jamás se conocerá, pues en connivencia con sus ministros de Salud este gobernante urdió una estadística mendaz que, a su vez, generó más contagios y muertes porque la gente fue inducida a creer que la pandemia no se expandiría tan peligrosamente en nuestro país. Y Sagasti miente indirectamente, al validar las estadísticas vizcarrinas y al asegurarnos que los contagios que generan esta segunda ola se deben a que los peruanos celebraron las fiestas navideñas y de fin de año.

EXPRESO publicó ayer un suculento informe demostrando que la génesis del alza tan alarmante de contagios por covid –y esta consecuente demanda de atención médica que ha rebasado los hospitales y mostrado que ni Vizcarra ni Sagasti se preocuparon de equiparlos con camas UCI, oxigeno, medicinas, etc.– fueron las marchas incitadas por el partido morado –el de Sagasti– junto con la progresía marxista. Marchas contra el en esos días presidente constitucional Manuel Merino, soliviantando a la población con el eslogan “Merino ladrón, corrupto, golpista”. Aquello produjo violentas algaradas callejeras que reunieron a decenas de miles de jóvenes, envenenados por la soflama del pariducho morado. Arenga a su vez estimulada por el médico Elmer Huertas quien, sin ser especialista en la materia, pregonaba que las manifestaciones no producen contagios de covid. Las marchas concluyeron cuando la izquierda consiguió su meta: el muertito. En este caso, dos jóvenes prontuariados fallecidos, a quienes el buenista Sagasti elevaría al rango de “héroes nacionales”. En recompensa por esta “actuación” del partiducho morado, la izquierda coronaría en el Congreso a Sagasti adjudicándole la condición de presidente del Perú. Un quid pro quo que revela la complicidad entre la progresía marxista –que inconsultamente se ha apropiado del Perú– y aquellos que nos gobiernan desde 2016.

Apostilla. Psicoanalicemos al trío que viene administrándonos desde 2016. Kuczynski y Vizcarra traicionaron a millones de peruanos que votaron por una plancha de derecha (aunque la mona se vista de seda, mona se queda, señor Kuczynski); y Sagasti es una gelatina que nos entonaría tanto el himno norteamericano como el cubano.