Varias veces he manifestado mi reconocimiento a la habilidad más notoria del presidente Martín Vizcarra que contrasta el desempeño mediocre de su gestión gubernamental. Ella es su apego riguroso a los principios de la propaganda de Joseph Goebbels que, estoy seguro, no ha leído, pero los aplica por sagrada recomendación de sus fletadores comunicacionales.

Por ejemplo, el de individualizar al adversario en un enemigo único (para los nazis fueron los judíos. Para Vizcarra, ahora embarrado por el affaire Obrainsa, son los defensores de Odebrecht). O el de Transposición (“Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan”). O el de la exageración y desfiguración (convertir cualquier anécdota, por pequeña que sea, en amenaza grave. Así, la torpe llamada del presidente del Congreso a mandos militares para advertir la posible aprobación de la vacancia, se transformó en un intento de golpe de Estado). Podría continuar en cientos de páginas.

Le ha sido fácil al presidente transitar por este cómodo sendero de la manipulación mediática, al contar con operadores fácticos y oficiosos que han tenido un solo dogma: el enemigo de mi enemigo, es mi amigo. Mientras Vizcarra lograra neutralizar a fujimoristas y apristas (que se ganaron a pulso el dardo del recelo ciudadano por su impresionante chatura política en el Congreso 2016-2018) resultó válido para esos operadores pasar por agua tibia su medianía, carácter taimado y hasta los ecos de pasadas tropelías corruptas. Cerrar el Parlamento fue la cuota sublime que pagó el moqueguano para garantizarse un pilar que lo sostenga a falta de un partido propio.

Pero los poderes fácticos son fríos y asintomáticos al amor eterno. Con fastidio y tardía entereza, abandonaron a su suerte a Susana Villarán, Ollanta y Nadine, Pedro Pablo Kuczynski. Hoy lo hacen con Vizcarra quien, confundido y consternado, intenta zafarse de la soga en el cuello mediante luces de bengala cada vez menos intensas.

Esta semana nos regaló dos de esas pirotecnias: la primera, exhibiéndose como “una hincha más”, indignado por el arbitraje trucho del partido de fútbol Perú-Brasil. Y la segunda, manifestando su agrado por la resolución del Jurado Nacional de Elecciones que precisa la imposibilidad de reelección de los parlamentarios en funciones, así como de quienes fueron disueltos el 30 de septiembre del año pasado.

Ni una palabra sobre el desmentido de la Unops a su aseveración respecto a quién tenía la palabra final en los montos de las licitaciones. Silencio absoluto ante las pruebas (no indicios) de su mimetización con Obrainsa. Cero comentarios al aluvión de revelaciones que llegan por el caso Richard Swing.

Ojalá Vizcarra fuera también hincha de la verdad y la transparencia. Ahora solo es una barra brava de maniobras distractivas.