Mientras que en España los cinco principales partidos políticos publicitan permanentemente sus posiciones en torno a cada problema social, a fin de que los potenciales electores las conozcan y puedan sentirse identificados con ellas, en nuestro país la mayoría de agrupaciones electorales evitan dar a conocer sus posiciones de fondo, tan solo expresan ocasionalmente “propuestas” superficiales y populistas, cuya aplicación demandaría un enorme gasto público.

Este fenómeno responde a la peculiar naturaleza de nuestro mercado electoral. Solo un pequeño porcentaje de electores se define por parámetros ideológicos o doctrinarios permanentes y sistemáticos. Normalmente, identificarse como conservador, liberal, progresista, o abiertamente chavista, no es el resultado de un conjunto de convicciones coherentes entre sí, sino producto de la suma de elementos emotivos proporcionados por la TV y el círculo social, por lo que termina prevaleciendo la conveniente sensación de ir a favor de la corriente, pues lo contrario demanda tiempo y esfuerzo para encontrar argumentos divergentes; así, católicos practicantes pueden votar por candidatos activistas pro aborto, o convencidos socialistas por militares acusados de asesinar a sospechosos de terrorismo.

Lo normal por eso es que gane el candidato que logra llegar al día de las elecciones sin haber definido su programa pero que, gracias a los gestos y promesas, se ubicó en el centro del espectro político. Dicho de otra manera, gana el candidato por el que más fácil resulta votar. Las pocas excepciones están íntimamente ligadas a las grandes crisis que afectan los cimientos de una comunidad política y polarizan al electorado entre opciones que exhiben, nítida y radicalmente, sus contenidos programáticos.

Por lo expuesto, no nos debe extrañar que mientras la muerte ronda nuestros hogares y no terminamos de digerir los graves escándalos por el mal manejo estatal de la pandemia, el elector promedio ya no escucha el discurso moderado y programático, tan solo oye el grito demagogo y la propuesta contundente. Eso explica el auge de Yonhy Lescano, quien hace dos años era lapidado públicamente por mensajes libidinosos, pero que hoy se muestra como el candidato de la izquierda progresista. Explica también que Rafael López Aliaga escale al pelotón de vanguardia, asegurando casi, su clasificación a la segunda vuelta por su mensaje duro y descarnado. Ambos conectan bien con sus potenciales electores y su ascenso podría ser imparable. Curiosamente, durante la Peste Negra europea, el miedo a la muerte también produjo actitudes extremas en la gente, ya sea el completo abandono moral y económico, o la devota búsqueda de la expiración de los pecados.