Me enamoré de Tola cuando yo recién acababa de terminar mis estudios de arte y hasta ese momento era una profesión que no me atrevía a tomar en serio, me parecía difícil, retadora y hasta aterradora. Al lado de él fui percibiendo las costumbres y hábitos de un artista experimentado. Luego de un año de ensoñación y duelo, más el confinamiento, abrir mi taller de arte sucedió naturalmente. No el de José, donde germinaron tantas ideas fantásticas y realizaciones, uno nuevo pero con los mismos sentimientos, ilusiones y anhelos. Pensar en el José del que me enamoré me apena, pero luego de un brindis por su vida junto a Betsara – una joven que vino al Perú desde Venezuela en bicicleta y que ahora trabaja conmigo – recordamos con alegría la que fue nuestra vida cotidiana.

¿Qué te gustaba de José?
Que era guapísimo. Recuerdo que lo vi y me pareció tan encantador que soñé con él cuando regresé a dormir a mi casa. Ese día se veía espléndido, usando mandil blanco y sucio de óleos y el pelo todo revuelto, me preguntó si quería ser su novia. Eran las cuatro y el sol estaba detrás, la luz era dorada y olía a trementina. Creo que esa imagen es una de las más bonitas de mi vida.
También que era tímido. Mucha gente lo recuerda como un hombre callado, no le gustaba hablar pero íntimamente era conversador, chistoso, muy profundo y tremendamente reflexivo. Algo en lo que coincidimos fue que él era súper art freak, como yo. Sabía mucho de arte y artistas de todas las épocas y podíamos hablar por horas. Es una conversación que extraño mucho porque a pocas personas les gusta hablar de arte con la pasión de un saber tan cultivado como el de José. Le gustaba mucho la literatura y los autores del siglo XX que influenciaron a su generación. Tenía un libro de poemas de Walt Whitman subrayado y mil veces releído, el libro se estaba haciendo pedazos pero siempre rebuscaba en él.
José era romántico e idealista, capaz de darlo todo por sus sueños. Todo lo que vivía, pensaba, hacía, leía y veía, al final, de alguna manera, le servía de material para su creación artística.
Era excéntrico, de la mejor manera. Poder ahondar en su persona me convirtió en alguien mucho más sensible. Él tuvo una historia muchas veces difícil, con eventos dolorosos y periodos complejos, pero nunca juzgaba a nadie. Siempre nos hablábamos con ternura y buena voluntad. Era generoso, los dos lo fuimos el uno con el otro, nuestra entrega y devoción mutua fue total y sincera.
Era muy creativo, divertido y espontáneo. Él pensaba a veces que yo me aburría (yo vivía fascinada) y buscaba cómo entretenernos. Los días normales eran de trabajo pero interrumpidos de súbito por un: ¡Ana, ¿ahora qué quieres hacer?! ¿Vamos a dar una vuelta? Nos íbamos al Presbítero Maestro o a La Punta o a Las Malvinas o a cualquier sitio. Salía en su auto, un Mercedes Benz negro con el que aceleraba y mostraba sus habilidades al volante. No te preocupes, Ana, soy un piloto de guerra.

¿Qué le gustaba hacer aparte de pintar?
Escribir era algo que tomaba muy en serio. Dejó muchos textos en proyecto, de los cuales aún conservo los borradores. ¡Le encantaba hacer compras por internet! Adquirió parte de su colección de grabados así, pero también le gustaba comprar cosas inusuales, aunque llegaran dos meses después. ¡Mira Ana lo que llegó! – abríamos el paquete y ¡era una linterna! ¡Desde China!
Antes de dormir, veíamos películas en Netflix pero a José sólo le gustaban las de acción. Todo lo que fuera Boom Kaboom ratatatatata bang bang y autos volando por los aires. Nunca terminábamos de verlas, nos quedábamos dormidos antes. Podíamos ver la misma película varias veces sin darnos cuenta. Una de sus películas favoritas era Psicosis. Le gustaba Norman Bates, el personaje interpretado por Anthony Perkins, que era igualito a él de jovencito.
Jose solía pintar de frente en el lienzo, sin hacer bocetos, ya había hecho muchos a lo largo de su vida. Todo lo correspondiente a la pintura lo resolvía en su mente, tanto así que de vez en cuando lo atrapaba moviendo la mano de arriba a abajo o a los lados, en el aire. Estoy pensando cómo va a ser la pincelada. Una madrugada lo vi haciendo eso pero dormido. Él decía que no soñaba, que no recordaba sus sueños, pero creo que soñaba que pintaba.

¡Qué bonito pintaba José! ¿Pero por qué es importante su legado?
Aparte de su gran legado cultural, como referente de las artes visuales en nuestro país, parte de su compromiso con la sociedad fue donar su colección de 410 grabados de artistas contemporáneos para la Fundación que lleva su nombre, así como sus mejores pinturas. A principios de 2020, habiendo él partido, hicimos una exposición en el Centro Cultural de la Beneficencia de Lima y hubo momentos muy lindos con grandes muestras de afecto y de admiración hacia José. Uno muy especial para mí fue el conversatorio que reunió a tres brillantes expositores, la atmósfera se sintió muy familiar. Al final quise hacer un comentario sobre la trascendencia de José y me puse a llorar, quizás nadie entendió mis palabras, ¡pero espero que sí el mensaje! Fue un momento que atesoro, había tantas personas que se acercaron a mí con palabras de admiración por él y de consuelo. Sentí que la gente lo quería mucho, que entendía su sensibilidad tan grande. Creo que de varias maneras, todos nos podemos sentir identificados con él, con su obra, con su mensaje. Tola es un artista universal.