Desde el inicio de la Humanidad, hubo que dar respuesta al problema de la legitimidad del poder. La fuerza y la voluntad de los dioses lograron satisfacer temporalmente esa necesidad, pero como los resultados no siempre sirven a la ambición de los poderosos, no pocas veces se hace necesario gobernar distorsionado la realidad, manipulando las emociones primarias de los integrantes de la comunidad política.

Julio César, el astuto general romano que destruyó la República para convertirse en dictador, fue asesinado por senadores leales al prestigioso régimen, pero el exaltado discurso de Marco Antonio agitando la túnica ensangrentada modificó la percepción que la muchedumbre tenía de la realidad, ciegos por la ira, contribuyó irracionalmente a sacrificar su ciudadanía para convertirse en súbditos de un Imperio autoritario. De la historia aprendimos que las sociedades culturalmente más avanzadas pueden rendirse fácilmente cuando son seducidas por un hábil demagogo. Con el paso de los siglos, los cantares épicos difundidos en cada comarca por juglares subvencionados y los bandos leídos por las autoridades en las plazas, fueron sustituidos por la censura y direccionamiento político en las imprentas, en la educación, en la prensa escrita, radio y cine. La verdad de los hechos y la consistencia de las evidencias suelen ser superadas por el juego de imágenes propiciado por quienes llegan a manipular los temores y las fobias de los electores, los que creen ejercer consciente y libremente su derecho al sufragio, pero que usualmente responden mecánicamente a sutiles instrumentos del moderno marketing político.

La falsa historia del niño lustrabotas de Cabana nos fascinó y en algún bar universitario de Stanford, Toledo ríe aun al recordarlo; la imagen del militar duro y autoritario sirvió a Sánchez Cerro, Odría y Velasco; Belaunde dominó el gesto y la palabra, y se inventó una exitosa carrera con el antiaprismo; Fujimori aprovechó el miedo al shock, y luego cobró fuerza con el terrorismo y la hiperinflación; Ollanta y Kuczynski usufructuaron el antifujimorismo; e intuimos que el próximo presidente será el elegido por quienes manejan la opinión pública. Solo nos queda esperar el final de esta etapa de transición con una clase política agonizante, con un proceso electoral donde los propósitos ideológicos estarán agazapados detrás de las sonrisas y propuestas superficiales, con candidatos vacíos de contenido moral y programático, con grupos de poder ocultos por el juego de las apariencias desplegadas por expertos en comunicación política, provistos de poderosos medios para evitar que descubramos la verdad y votemos con racionalidad por quienes realmente nos representan.