Esta Semana Santa será muy especial por lo que representa como conmemoración cristiana y protección espiritual ante las pérdidas y carencias debido a la actual pandemia. Nos dará la oportunidad de convertir nuestros hogares en templos para que cada creyente mantenga vivos los ritos de nuestra religión y fe. Rememoraremos la Pasión de Cristo, denominación convencional utilizada para englobar los sucesos protagonizados por él entre la última cena y su crucifixión y muerte. En lo que concierne al derecho, uno de esos sucesos trascendentales es el llamado “juicio a Jesucristo”, un proceso penal que estuvo rodeado de excesos.

Según la ley judía, el sanedrín era la máxima instancia judicial para el pueblo hebreo. Conformado desde los tiempos de Moisés por los ancianos, representantes de la nobleza sacerdotal y de las familias más notables, el sanedrín era una especie de consejo supremo que tuvo, según las diversas historias contadas por los evangelistas, una posición crítica y de abierto rechazo al mensaje de Jesús. Sus miembros carecían de imparcialidad para juzgar, pero aun así se hicieron cargo del proceso de Jesús y lo politizaron al máximo cuando insinuaron, sin fundamento alguno, que él representaba un “peligro” para el pueblo romano. Hicieron todo esto llevados por su afán de posibilitar la aplicación de la pena de muerte, que en esa época era una facultad reservada para el gobernador romano (Poncio Pilato). Recordemos que además de juzgar, el sanedrín también investigaba, de modo que fueron sus integrantes los que estuvieron a cargo de los interrogatorios a Jesús y, a partir de lo señalado por él, diseñaron la imputación con miras a aplicarle la pena capital. La concentración del poder de investigar y juzgar en un solo órgano que además tenía como consigna obtener la verdad por propia boca del imputado llevaron a que Jesús fuera torturado (flagelación y corona de espinas) y denigrado (burlas e improperios) con tal fin.

Jesucristo fue procesado por sus ideas y por lo que él representaba en un proceso que careció de un tribunal imparcial y en el que su condena a muerte no dependió de la sabiduría del entonces gobernador romano, sino de la petición del pueblo desbordado por sentimientos y no por razones (prefirieron a Barrabás, quien según el Evangelio de Juan era un bandolero, y según el de Mateo, un preso famoso). Su proceso representa uno de los mejores ejemplos de la injusticia humana porque no hubo presunción de inocencia ni se observó la jurisdicción pre determinada, se utilizó la tortura y el trato degradante, se inobservó la ley para obtener la “verdad” y se simularon cargos de sedición para dar formalidad a un juicio, cargos que por cierto carecían de un contenido fáctico y de respaldo probatorio (tanto es así que Pilato preguntó “¿Qué acusación traéis contra este hombre?”). En el sanedrín empezaron imputándole cargos de sedición, pero sus miembros, rasgándose las vestiduras, consideraron finalmente que había cometido blasfemia. Dicho de otra manera: iniciaron su proceso con cargos específicos y terminaron con otros, lo que afectó severamente la hoy denominada congruencia procesal, todo ello con el fin de justificar su accionar.

En una ocasión, un juez me explicó la importancia de tener un crucifijo en la mesa de su tribunal. Más que una cuestión religiosa, el detalle le hacía recordar la gran responsabilidad de no cometer excesos y desvíos de poder, tal como los sufrió Cristo en su época. Un importante mensaje para quienes cumplen la delicada labor de impartir justicia.