Sabiendo que el Covid-19 tiene al mundo entero hundido en la incertidumbre respecto al plazo de su definitiva erradicación y la reversión de sus terribles efectos sanitarios o económicos (donde el Perú ha batido casi todos los récords de ineficiencia en las respuestas públicas), lo único que se presenta palpable a nuestros compatriotas es el inicio de las campañas para las elecciones generales del 11 de abril de 2021.

Subrayo bien lo de “inicio” porque es válido sospechar que tales campañas quizás no tengan un final en la víspera de la fecha prevista para la realización de los comicios. Soy de quienes se aferran al compromiso del presidente Martín Vizcarra de llevarlos adelante llueve o truene (basado en mi propio estudio de su personalidad que indica sus límites de vocación para acumular poder, aunque se niegue a compartirlo cuando lo ejerce). Veamos si cumple.

La foto de los posibles aspirantes en el partidor que hemos visto esta semana, no constituye ni de lejos el núcleo del cronograma electoral ni el vestigio más próximo sobre quién o quiénes empezarán a gobernarnos al cumplirse el bicentenario de la proclamación de independencia. La atipicidad del sistema político peruano y los enredos normativos que hacen convivir aciertos con grandes falencias (de otra manera, no se entiende la existencia formal de 24 partidos listos a competir), promueven que la dirección del sufragio recién pueda vislumbrarse muy cerca al mismo día de las elecciones.

Por ahora, todo es entusiasmo solo de los interesados con escaso eco en el ánimo de la mayoría ciudadana, la cual –comprensiblemente y más allá de su creciente desafecto a la política– ocupa el tiempo en estrategias de supervivencia.

Trascendiendo el número y la calidad de los candidatos, a futuro debería preocuparnos qué lenguaje utilizarán para la conquista del voto. El análisis macro nos lleva a identificar este factor como neurálgico pues los tiempos de crisis aplastan los argumentos sólidos y ensalzan los demagógicos o esquineros.

El mejor ejemplo del último medio siglo los tuvimos en las elecciones de 1990. Frente a los desbarajustes del primer gobierno de Alan García y la hiperinflación, Mario Vargas Llosa habló con sinceridad de aplicar un shock económico, inevitable para las circunstancias. Alberto Fujimori aseguraba que, de ganar, no lo aplicaría. El miedo y la caricaturización de la propuesta de Vargas Llosa –sumado a otros múltiples errores de campaña– propiciaron su derrota. Fujimori ganó, pero se vio obligado a aplicar el shock.

¿Habrá mucho de la agenda populista del actual Congreso en boca de los candidatos presidenciales? ¿Nadie denunciará sus trampas y navegarán en la misma lógica? ¿Todos ensayarán el discurso fácil, con paraísos en la otra esquina? Solo imaginarlo da terror.