Lo compré con mi primer sueldo de profesor suplente del curso de literatura en un colegio que ya no existe y hasta ahora lo tengo, apenas deteriorado por el paso de los dedos sobre las hojas y una que otra pequeña mancha amarilla que el tiempo ha ido dejando en algunas de sus 1,161 páginas: Las Obras Completas de Jorge Luis Borges, de EMECE Editores.

Me ha acompañado siempre pese al destino, a veces fatal, de alguno de mis libros. Lo he leído infinidad de veces en momentos de euforia y de tristeza o, en otros diversos, simplemente para tener la felicidad efímera pero irremplazable de sus cadencias y sus temas, por lo general misteriosos, como aquellos que atesoran su poema 1964, cuyo origen pude conocer recién varios años después de leerlo.

El día de mi encuentro con Borges, no estaba en el velador de mi cama y me asusté. Lo había tomado mi madre para limpiarlo y dejar reluciente sus tapas. Aquí está hijito, me dijo, para que te lo firme. Entonces, yo que ya había descartado esa posibilidad, le dije: no mami, no lo llevaré, este encuentro tiene tanto significado para mí que sólo quiero que quede sólo una huella en mis ojos y en mi corazón.

Mi madre insistió pero yo también y no llevé el libro. Sí la corbata amarilla que me compré para ponérmela a fin de que la reconociera, como lo hizo, porque “…ahora sólo perduran las formas amarillas/ y sólo puedo ver para ver pesadillas.”

El libro está aquí pero ella no y el mundo ya no puede ser el mismo. Me entristece no haberle hecho caso. Tal vez fue una estúpida vanidad o qué se yo, pero -sea lo que fuere- me arrepiento de haberla cometido. A mis años, quisiera ver esa firma en esa página en blanco que me daría orgullo y alegría en esas tardes opacas en las que recuerdo esa devastadora frase de Ortega y Gasset: “Toda vida es más o menos una ruina entre cuyos escombros debemos encontrar a la persona que tenía que haber sido.”

Borges, que amaba entrañablemente a su madre como yo a la mía, escribió en la dedicatoria de esas obras completas: “A Leonor Acevedo de Borges. Quiero dejar escrita una confesión que a un tiempo será íntima y general, ya que las cosas que le ocurren a un hombre, les ocurren a todos. Estoy hablando de algo ya remoto y perdido, los días de mi santo, los más antiguos. Desde entonces me has dado tantas cosas y son tantos los años y los recuerdos. Aquí estamos hablando los dos de todo menos de literatura, como escribió con excelente literatura, Verlaine.”

Pero él también escribió: “Sé que he perdido tantas cosas que no podría contarlas y que esas perdiciones, ahora, son lo que es mío… Sólo el que ha muerto es nuestro, sólo es nuestro lo que perdimos…Todo poema, con el tiempo, es una elegía. No hay otros paraísos que los paraísos perdidos.”
En el mío está y estará ella. Para siempre.