En 1995 cursábamos el segundo año de secundaria. Era un colegio público que se escondía detrás de un mercado y que, por seguridad, solo se accedía por el frente. El mercado se ubicaba a unos metros y, de cuando en cuando, llegaban libreros con novedades que nadie quería comprar. Tendían un plástico en el suelo y colocaban estratégicamente los libros nuevos al frente para esconder los otros más viejos en la parte de atrás, con los cómics que se alquilaban por veinte céntimos.
Ese año tuvimos el peor profesor de literatura que un colegio estatal podía reclutar. Un día, entre clase y clase, nos dijo que teníamos que leer El Mío Cid mientras leía el periódico sentado en su pupitre y nosotros llenábamos un slam. A la salida fui al mercado y un librero sacó un ejemplar de esos que ubicaba en la parte de atrás, viejo y con las marcas de algún lector anterior. Fue suficiente leer el primer cantar para abandonarlo: “De los sos ojos tan fuertemientre llorando, / tornava la cabeça e estávalos catando. / Vio puertas abiertas e uços sin cañados, /alcándaras vazías, sin pielles e sin mantos, / e sin falcones e sin adtores mudados. /Sospiró mio Cid, ca mucho avié grandes cuidados, /fabló mio Cid bien e tan mesurado: — ¡Grado a ti, Señor, Padre que estás en alto! /¡Esto me an buelto mios enemigos malos!—”.
No haber entendido el Mío Cid fue el boleto para satanizar la literatura. Y el problema no fue solo no haber entendido el texto, sino no haber tenido la orientación para comprender que me habían vendido una edición con castellano antiguo. El profesor estaba convencido de colocar todos los ceros posibles, pues la estrategia de ver el video en VHS alquilado no fue la mejor opción para quien no entendió nada del libro. Entonces no teníamos internet para buscar un resumen o alguna página que pudiera ayudar a un escolar desorientado.
Ese debe ser el problema de quienes no aprendieron a disfrutar la lectura y, luego, la satanizaron como el adolescente que fui en aquel año. La diferencia es que tiempo después conocí a Ribeyro, a Bryce, a García Márquez o a Saramago, y entonces me motivaron a continuar en la literatura. Quienes no conocieron otros referentes literarios o tuvieron profesores como el mío terminaron incrementando la deserción por la lectura que tanto aqueja a nuestro país. Ese es uno de los problemas que deberíamos cambiar.

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