El malo es el otro

El malo es el otro

“El comunismo es lengua muerta”, asumieron cuando leyeron a Fukuyama. Luis canturreaba la canción de Nino Bravo que evocaba la muerte a balazos de un hombre que intentó saltar el muro alemán hacia la libertad. “Nadie es tan idiota para cruzar el muro al revés”, dijo María, sin presagiar que alguna vez millones lo harían en las urnas.

Ambos tenían aún en las retinas la enorme fila de ataúdes blancos tras la masacre de Lucanamarca. Luego fue Tarata, el Perú fue tragado por las hordas de Sendero Luminoso. María le dio a leer sobre María Elena Moyano, un comando de aniquilamiento de Sendero Luminoso en Villa El Salvador la había quebrado a balas, arrastrado y dinamitado. La memoria era por entonces real. El tiempo pasó, pero también pasó la memoria.

Juan nació en 2000. No sabe de Lucanamarca ni de Moyano. Vio, desde niño, cómo el nuevo régimen juzgaba al anterior. Apenas eso. Nadie le habló de Guzmán, la historia en reset siempre es más simple. Hoy, a sus veintidós, lee a Marcuse en la universidad, urde amores con la camiseta del Che, sorbe de las ideas de los viejos radicales rojos, que sobreviven como saurios incendiados. Luis y María asumen que también ellos son lengua muerta. Juan ya es hater. No define por qué. Admira sutilmente a Maduro y Evo y a cuanto sátrapa destruye la libertad y la economía, porque la miel del populismo en los labios borra la estadística.

Supo recién de Abimael Guzmán a su muerte. No le interesa. Igual ya es tarde porque su odio está mal direccionado. Estudia en una universidad que ha hecho de la ideología de género academia y del marxismo asolapado sustrato de todo el conocimiento. Vive encerrado en sus redes sociales, si el colectivo llama sale y agita. Si un régimen marxista se corrompe lo ignora, si algo atañe a la derecha “vamos a la plaza”. Las causas son buenas o malas según de qué lado se esté.

Hay dictaduras buenas y dictaduras malas, también corrupción mala y corrupción indiferente, el filtro depende del color de la bandera. El capitalismo liberal exige eficiencia y trabajo y la religión algo de renuncia, “al diantre con ambos”, piensa, es incómodo, el antiproselitismo seduce tanto como su contrario. Juan quiere ser Boric; se dulcifica con los discursos de Allende, tan poético como desastroso.

¡Y la generación anterior fue la equivocada!

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