Fue el ídolo de los latinoamericanos porque marcaba la diferencia por talento y personalidad. Pero el Pelusa terminó convertido en un irreflexivo propagandista de Fidel Castro, Hugo Chávez y Nicolás Maduro. Y es que al eterno niño de La Paternal le sedujo la generosidad del poder oscuro desde sus alegres años con Carmine Giuliano, el jefe de la mafia napolitana. Pero no es el único en tener tatuado a esos personajes en el cuerpo y en el corazón; muchos intelectuales exhiben con orgullo las mismas marcas, a pesar de múltiples experiencias fallidas, de los desastres económicos producidos en todos los lugares donde se intentó el colectivismo autocrático revestido de marxismo, más conocido como comunismo en los cementerios y campos de concentración soviéticos, chinos, camboyanos, polacos, rumanos, búlgaros, cubanos, angoleños y ahora, venezolanos.

Paralelamente, el moderno socialismo, régimen no competitivo e iliberal, carente de límites efectivos al poder, ahora permite la propiedad privada, la acumulación de capitales y el desarrollo de tecnología, auspicia y protege a las empresas particulares que hacen millonarios negocios en el mundo entero, en una versión sui géneris del imperialismo económico que Lenin y Mao combatieron pero que Putin y Xi Jinping promueven porque saben que el colectivismo económico no permite la creación de riqueza en tanto aplasta el afán de superación inherente al ser humano, carece de incentivos para la creatividad y la innovación; fracasa, porque en el afán de garantizar una forzada igualdad de resultados, castiga al que sobresale por su esfuerzo o por su talento, renunciando así a la igualdad de oportunidades, propia de las perspectivas ideológicas que aspiran construir sociedades libres, prósperas y justas.

Siempre atrasados, los comunistas peruanos siguen predicando el colectivismo integral, sabiendo que para concretarlo es necesario establecer el monopolio del poder y un Estado esencialmente represor de las libertades y los derechos. En las elecciones de 2021 veremos a muchos Maradonas en diferentes tiendas, disfrazados de progresismo; se los podrá reconocer por su desprecio a la democracia representativa y al modelo ‘neoliberal’, además de pedir una asamblea constituyente para desarrollar aquí la franquicia bolivariana. Saben perfectamente que el Estado es por naturaleza ineficiente, pero propugnan la asfixia de la actividad privada en todos los sectores económicos, porque es la única posibilidad de que ellos dejen de depender del sueldo estatal o de la consultoría eventual y conquisten todo el poder político y económico, para satisfacer sus apetitos maradonianos, tan comunes en la alta dirigencia socialista bolivariana.