Este 28 de julio escuchamos el mensaje a la Nación del Presidente de la República, la coyuntura era crítica debido a la indignación ciudadana por el descubrimiento de los corruptos manejos de la administración de justicia.

Como era de esperar, la reforma del sistema judicial ocupó el lugar central del discurso presidencial, y posteriormente se dedicó a explicar sus políticas sectoriales. Sobre educación se refirió a dos políticas: fortalecer la política de meritocracia docente, con el fin de mejorar los rendimientos académicos de los estudiantes, y continuar con la reforma universitaria, poniéndose como meta terminar con el proceso de licenciamiento institucional el 2019.

Abordaremos el primer punto. Todos los sistemas educativos exitosos tienen como pilar fundamental la calidad de sus docentes, sin estos no es viable la formación del capital humano necesario para avanzar hacia el desarrollo y la prosperidad. La revalorización de los docentes, bajo esquemas meritocráticos, contribuye a elevar el nivel de nuestra educación, al contribuir a la formación y mejora continua de los maestros con el fin de ingresar y ascender en la carrera pública. Pero aquí observamos una limitación, ¿es suficiente con la meritocracia en la selección y el ascenso?

Y la formación docente dónde queda. ¿Estamos formando docentes capaces de trascender y desarrollar las competencias requeridas para la IV revolución industrial? Solo en los próximos cinco años tendremos robótica avanzada, transporte autónomo, inteligencia artificial, materiales avanzados en 3d, biotecnología y la genómica.

¿Estamos formando docentes capaces de desarrollar la creatividad, resolución de problemas complejos, el pensamiento crítico, la inteligencia emocional, el discernimiento y flexibilidad cognitiva, por mencionar algunas de las capacidades fundamentales requeridas, según el Foro Económico Mundial, para poder desempeñarse laboralmente en los próximos 20 años?

El cambio no nos va a esperar, el Gobierno y los líderes educativos tienen que ser proactivos en la mejoría de las competencias de las personas. ¿Están las universidades e institutos pedagógicos a la altura de este desafío?