El mérito detrás

El mérito detrás

La mayor responsabilidad de un gobernante es la de rodearse de la mejor gente. Bartolomé Herrera se refería a la soberanía de la inteligencia, una de las bases del pensamiento conservador. Lo más próximo al “brain trust” fue el llamado “gabinete de talentos” de Mariano Ignacio Prado en 1865, con ministros de la talla de José Gálvez, José María Químper, Manuel Pardo, José Simeón Tejeda y Toribio Pacheco.

“Brain trust” o trust de cerebros es un término que refiere la manera como Kennedy concebía la política. La elección popular no augura el gobierno de los capaces, pero es una virtud de los elegidos rodearse de ellos.

Al margen de si Platón se refería al gobierno de los filósofos, la política es una actividad destinada a resolver problemas. Nombrar en puestos clave a cercanos desarticulados o a personajes sin idoneidad moral, capacidad ejecutiva ni trayecto, es mirar la política como un festejo poselectoral. Ocurre que cada persona tiene un ‘savoir faire’ que puede ser de utilidad, pero no siempre sirve para la función pública. Weber nos decía de una burocracia ilustrada y, aunque suene a elitismo, es el imperativo de la eficiencia lo que debe regir.

La democracia es el gobierno de la masa y la masa se impone por el peso de las emociones, y las emociones son transitorias y desgarradas, no aciertan, solo apuestan. El quid de la democracia es el Estado de Derecho y la vigencia de los derechos humanos. El sufragio es un mecanismo para lograr la alternancia y eludir los males del monarquismo o de la tiranía, pero es solo un mecanismo.

La representatividad es una convención que no asegura el mejor gobierno. De hecho, los votos pueden obsequiarle el poder a cualquiera sin preparación para gobernar, como puede dárselo a un enigma, desde trúhanes, criminales impunes, extremistas, frívolos o a quien vea la política como un botín. Los más sensatos, los más idealistas o los que se prepararon para el gobierno toda la vida no son, necesariamente, los que llegan. La masa, la que tanto le inquietaba a Ortega, vota a ciegas y a locas. Lo hace para el gobierno, lo hace para el Congreso y lo hace en todo nivel.

No hay que reverenciar a la semántica, pues el “pueblo” se equivoca. Así, un gobernante puede ser falible para la gestión, no lo puede ser jamás en la elección de aquellos con que se rodea.

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