Queridos Hermanos: Estamos ante el tercer domingo de Pascua. La primera Palabra, tomada de los Hechos de los Apóstoles, se sitúa en el contexto del milagro de un tullido. Pedro y Juan realizan este milagro en nombre de Jesucristo Nazareno. Le dijeron: ponte a andar. Ese tullido somos nosotros. Y pregunta Pedro: ¿de qué os admiráis? Ha sido el Señor, “el Dios de Abrahám, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, al que vosotros entregasteis y rechazasteis ante Pilato, cuando había decidido soltarlo. Rechazasteis al santo, al justo, y pedisteis el indulto de un asesino; matasteis al autor de la vida”. Pedro, hermanos, nos indica lo que hay en nuestro corazón, somos unos asesinos. Todos nosotros hemos matado a Jesús, “pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos”. Es muy importante la palabra “testigos”, porque han visto, oído y tocado a Jesús resucitado, y tiene poder sobre nuestros pecados y dolencias. “Dios cumplió de esta manera lo que había dicho por los profetas, que su Mesías tenía que padecer”, es decir, tenía que sufrir llevando sobre sí los pecados de los hombres, nuestros pecados. “Por tanto,  arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados”, queden cancelados. Por eso respondemos a esta Palabra con el Salmo 4. “Haz brillar sobre nosotros la luz de tu rostro, Señor. Escúchame cuando te invoco, Dios, defensor mío”. El Señor nos escucha y nos defiende, Él hace milagros en nuestro favor, da signos y señales de que Él está resucitado. La segunda lectura tomada de la primera carta del Apóstol San Juan comienza diciendo: “Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero, si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero”. Nos hace un anuncio del Kerigma, como lo hemos visto también en los hechos de los apóstoles. Dios ha muerto por nuestros pecados y destruyendo la muerte, resucitando, nos ha dado la vida.

Por eso, hermanos, exclamemos juntos con el aleluya: “Señor Jesús, explícanos las Escrituras; haz que arda nuestro corazón mientras nos hablas”. Escrutemos la Palabra de Dios porque ella nos da vida eterna, enciende nuestros corazones. El Evangelio de San Lucas nos dice que los discípulos “habían reconocido a Jesús al partir el pan”, es decir, en la forma de celebrar la Eucaristía, que es donde se actualiza su muerte y resurrección. Y “se presenta Jesús en medio de ellos y les dice: «Paz a vosotros.»” Esta es la paz que nos da el Señor que llega en medio de nuestras debilidades, nuestros temores, en medio de esta pandemia. No seguimos a un fantasma, hermanos. Comer, beber, escuchar, tocar al Señor; es experimentar el poder de Jesucristo, son las certezas fundadas de que Cristo está vivo y ha vencido la muerte, nuestros pecados que nos destruían. “¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo.” Este encuentro con Jesús viviente es el encuentro personal con Dios y es a lo que el Señor nos invita hoy. “Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: «¿Tenéis ahí algo que comer?» Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado”. Este pez es signo de la resurrección. Ichthys significa Cristo. “Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse. Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras”. Por eso podemos predicar en su Nombre y ser testigos de esta resurrección. “Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pe[1]cados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto”. El Señor hoy nos llama a todos a ser testigos suyos. Sigámosle a Él, que tiene poder. No seguimos ninguna teoría, leyenda, fantasma o razonamiento, seguimos a uno que está vivo y quiere encontrarse con nosotros: se llama Jesús. Seamos valientes y el Señor nos dará garantías de su resurrección en medio de esta pandemia.

Les bendigo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Rezad por mí, que lo necesito.

+ Obispo E. del Callao

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