Las calles están recobrando su color. No un color nuevo, sino ese que siempre les perteneció, con todos sus adornos contemporáneos. Las combis han vuelto a salir, como en caravana, y es común verlas en las esquinas que se han convertido en paraderos informales. Y no solo las combis: los taxis, los mototaxis, los autos particulares, todos se han puesto de acuerdo para devolverle a Lima su color.

La cuarentena genera necesidades, es cierto. Miles están reclamando porque el bono no llegó o porque el sustento diario, ese que se recibía a través de la informalidad -el principal sustento de nuestra economía- hoy no es posible.

Entonces la necesidad los empuja a correr el riesgo. Así, la capital vuelve a ser la misma de antes, dañada, golpeada, pero la misma, al fin y al cabo. Ya es común ver a los vendedores en coches ofreciendo desayuno o llenadores de combis en las esquinas junto a quienes piden una moneda a cambio de limpiar el parabrisas. Y de todos, los que más abundan son los emprendedores, los que han buscado una manera ingeniosa de generar ingresos. Están los que venden mascarillas, impermeables, protectores faciales y hasta guantes con diseños de todos los personajes reales o de la ficción. Ellos, todos ellos, han descubierto una nueva forma de sobrevivir a la pandemia. Si el bono no llega, hay que buscar las formas de generarlo, sin duda.

Más allá de ello, Lima, con ese color que queremos, nos abraza. Papá diría que no es la misma Lima gris, pero que aún tiene algo de ella. Mañana cumpliría 84 años bailando desde su sillón y jamás perdería la sensación de pertenencia a un espacio adolorido. Siempre renegaba de eso, de las calles, del dolor de caminar en medio de la nada y, ahora, con más razón, luego de que la ciudad haya recuperado el mismo color de siempre.