Maurice Duverger afirmó que solo quien logra un segundo mandato parlamentario puede ser considerado político, antes se es tan solo aprendiz; es que la política es una profesión que requiere de continuidad democrática para que los interesados adquieran conocimiento y experiencia, durante muchos años de competencia interna y gestión pública. El caudillismo de los siglos XIX y XX conspiró para evitar la formación de un sólido sistema de partidos y la necesaria legión de dirigentes preparados, no solo para conducir multitudes, también para saber concretar un proyecto nacional consensuado entre las principales fuerzas políticas.
El ingreso de las clases medias a los procesos de decisión durante el Oncenio de Leguía fue exitoso y prometedor, pero la crisis económica mundial destruyó lo avanzado, en 1931 los partidos moderados fueron devorados por dos organizaciones tributarias de las modas europeas de entonces, el Partido Aprista con su capitalismo de Estado e izquierdismo radical y la Unión Revolucionaria de camisas negras y nacionalismo exacerbado. La polarización se tradujo en violencia y ella en más militarismo, apenas interrumpido por el Frente Democrático de 1945, el Movimiento Democrático Pradista de 1955 y, por supuesto, la Democracia Cristiana, Acción Popular, y el Apra ya modernizada.
El actual régimen peruano fue creado en 1978 por el impulso de las fundaciones Konrad Adenauer y Ludwig Erhard; así, la Constitución de 1979 propuso un modelo de democracia coherente con el modelo bipartidista alemán, la idea de un “pacto de punto fijo” entre el Apra y la alianza AP-PPC. Pero el terrorismo comunista y la hiperinflación provocada por las propuestas económicas de la CEPAL, permitieron que Alberto Fujimori, el verdadero outsider, concentrara poder de manera excepcional e irrepetible. La actual Constitución es tan solo una versión actualizada de la anterior, porque las vigas maestras doctrinarias y programáticas siguen siendo las mismas, y por ello sostengo, que vivimos en el mismo modelo político que el proyectado por V.H. Haya de La Torre y Luis Bedoya.
El problema continúa siendo la deslegitimación de la política, pues el espacio que produce el desinterés del elector promedio con la oferta electoral, es copado por hordas de corruptos y aventureros, sin ideología ni programa, con la única consigna de enriquecerse y asegurar la impunidad de sus actos. Hoy no hace falta una asamblea constituyente donde se vuelva a discutir el régimen democrático ya acordado; por el contrario, se debe consolidar el modelo que los líderes de 1979 concibieron, haciendo de la política espacio de concertación y del gobierno instrumento de desarrollo.

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