Haya de la Torre combatió con firmeza el comunismo, frontalmente, sin ambigüedades, por convicción ideológica, para evitar que un régimen de ese cuño capture el poder y nos conduzca hacia la dictadura del partido único, la miseria económica y la pérdida de libertades.
En su libro auroral El antiimperialismo y el APRA, escrito en 1928, Víctor Raúl sostuvo que definió su posición en el Congreso Antiimperialista Mundial celebrado en el Palacio de Egmont, Bruselas, en 1927, expresando que “la influencia y contralor del Partido Comunista resultaron inocultables” y que “a pesar de la fuerte presión comunista y el ambiente de fácil optimismo mantuvimos nuestra posición ideológica y el carácter del APRA como organismo político autónomo tendente a constituirse en partido”.
En la obra citada también afirma que la agrupación comunista “además de ser un partido de clase, exclusivo, cuyo origen ha sido determinado por las condiciones económicas de Europa, muy distintas de las nuestras, es un partido único, mundial –no una federación de partidos–, cuyo gobierno supremo y enérgico se ejerce absoluta y centralizadamente desde Moscú”.
A partir de entonces, el APRA se constituyó en una garantía para la democracia, en cuya defensa miles de militantes fueron asesinados, encarcelados y perseguidos, un sólido muro que no pudieron derribar los grupos comunistas, a quienes derrotaron holgadamente en todas las elecciones y en el fervor de las multitudes.
Lo recordamos en esta hora que suenan sirenas de alarma porque Pedro Castillo, candidato de extrema izquierda, respaldado por el Movadef, brazo legal de Sendero Luminoso, y por la siniestra dictadura venezolana, es una opción para ganar la presidencia de la nación.
¿Qué sucedió para que un extremista llegue a la final de la competencia? Largo sería enumerar las razones, comenzando porque los partidos se desconectaron del pueblo, no renovaron dirigencias, relegaron la educación política y el proselitismo por candidaturas, y en las regiones fueron remplazados por grupos amorfos que promovieron liderazgos independientes, la mayoría de ellos de inepto desempeño y vinculados a la corrupción. Pero también –no olvidemos– partidos y dirigentes fueron apaleados en medios de prensa, etiquetados de corruptos y falsarios, mientras fiscales y jueces “figuretis” contribuían a esa ordalía mediática recorriendo orondos estaciones de televisión y radio para apuntalar los calificativos y entregar a sus promotores documentos y grabaciones de carpetas reservadas.
Muy largo sería analizar el tema, pero abunda en la proyección de Pedro Castillo la decepción ciudadana ante el mediocre desempeño de congresistas, alcaldes y presidentes que la propia población votó; el desastre en el manejo de la pandemia, que provocó millares de muertos e infectados y escenas dolorosas por carencia de camas y oxígeno; así como la pérdida de trabajo de 2 millones 300 mil personas cuanto menos. Y en este lúgubre escenario, la corrupción alimentó la desazón cívica, mientras el país observaba que el centro de la corruptela, Odebrecht, continuaba contratando con el gobierno.
Ahora el APRA, dando una demostración de civismo, se compromete a votar por la señora Fujimori. Muy bien. Debemos abrir locales, colocar personeros, movilizarnos en calles, plazas y medios de prensa, porque lo que está en juego es la democracia y las libertades cívicas. El Apra ha sido y seguirá siendo una muralla de contención para el comunismo: el 6 de junio se comprobará en las ánforas.

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