Los partidos moderados, los de centro izquierda y los de centro derecha, muestran consternados su preocupación por el sorprendente avance de la extrema derecha europea. No son pocos los que plantean un ‘cordón sanitario’, un pacto político para marginar a los recién llegados de cualquier negociación o distribución de cupos de poder que pueda corresponder a los votos obtenidos en las recientes elecciones parlamentarias. Otros, llegan a sugerir que la libertad de expresión, que suele cubrir con su comprensivo manto a comunistas, anarquistas, ateos activistas, violentistas antiglobalización e incluso condenados etarras, no alcanza a proteger a los políticos de extrema derecha porque con sus profundos cuestionamientos a los dogmas certificados por la ONU, el Vaticano y la televisión pública, alteran el orden público y, de alguna manera, pueden conceptualizarse como ‘discurso de odio’.

Las modernas democracias liberales europeas aceptan condescendientes que existan partidos y universidades que preconicen la lucha de clases, la confiscación de los bienes, la necesidad de dar muerte al adversario, la lucha armada para obtener resultados políticos, la destrucción de iglesias, el adoctrinamiento de niños en la escuela pública, y una larga lista de actos que provocarían el horror de Locke y de Montesquieu. Pero no pueden admitir postulados de ‘extremo sentido común’ como el suspender el ingreso de más inmigrantes musulmanes ni la expulsión de los ya residentes que cometan delitos violentos, o la necesidad de enseñar el castellano en todas las escuelas públicas de España.

Hace 30 años, ser de centro significaba mantener un riguroso compromiso con la moderación y la verdad, un notorio desapego a las ideologías que violentaban el sentido común. Hoy, por el contrario, puede identificarse un extremismo de centro, una radical necesidad de contemporizar con el aún victorioso orden político y cultural existente, que exige de nosotros obediencia y sumisión, e incluso la censura de nuestras palabras y pensamientos, como si fuésemos todos miembros del congreso nacional del Partido Comunista chino, bajo amenaza de perder nuestros empleos, becas y subvenciones; o incluso, como pidió Angela Merkel la semana pasada, de ser censurados y aislados en un moderno y tecnológico Gulag.

Es obvio que los extremistas de centro no reparan en que la extrema derecha crece en los espacios naturales que los ‘correctos’ abandonaron al correr detrás de las ideologías de moda; y que seguirá creciendo, poniendo en riesgo la costosa institucionalidad europea, mientras no se recobren las banderas de la libertad y del sentido común.