El objeto del alto el fuego y la tregua

El objeto del alto el fuego y la tregua

Mirando la incertidumbre y las tensiones que gobiernan la guerra entre el Estado de Israel y la milicia palestina, Hamás, el acuerdo del alto el fuego y la tregua a la que llegaron ambos actores fue positivo, pues al cierre de esta columna ya se han producido hasta tres canjes de rehenes por milicianos y ese resultado, aunque parcial, debe verse con optimismo. Ninguno que produzca el alto el fuego, es decir, la cesación temporal del uso de armas y de la tregua, que es el lapso en que las partes convienen detener las hostilidades, también temporalmente, desde verse sino como una luz de esperanza hacia la paz. Normalmente, se producen ambos momentos juntos, donde uno sin el otro, no podrían conseguir el objetivo que se quiere, por lo que su ligazón es intrínseca. El eminente carácter temporal no debe soslayarlos porque dicha temporalidad, que muchas veces es vista como parte de un largo y complejo proceso hacia el resultado esperado que es el de mutuas satisfacciones, constituyendo una verdadera ventana abierta para una negociación mayor, que debería apuntalar hacia otra profunda y definitiva. Es verdad que el cumplimiento del alto el fuego y la tregua depende de la voluntad de las partes en combate, pero también lo es que, aunque no sea lo esperado, cualquiera de ellas, y sin previo aviso, podría decidir el reinicio de la guerra. Pero no se crea que el alto el fuego y la tregua dependen del capricho.

Eso de ninguna manera. En el derecho internacional humanitario, que es la rama del derecho internacional que minimiza a las partes en combate –no evita la guerra ni es su tarea acabarla–, con el exclusivo objetivo de proteger a quienes, hallándose en medio de la guerra, no son partes del conflicto, es decir, nos estamos refiriendo a los civiles, conforme los Convenios de Ginebra de 1949, debe ser visto como garantista, dado el núcleo duro de derechos que yacen bajo su referida protección. A lo largo de la historia de la sociedad internacional se han producido durante los tiempos de la Navidad, principalmente y la razón no requiere de mayor explicación. El alto el fuego y la tregua, entonces, están profundamente arraigados a la costumbre internacional –consagrada como fuente del derecho internacional en el artículo 38° del Estatuto de la Corte Internacional de Justicia, el órgano judicial de las Naciones Unidas–, que se refiere al conjunto de prácticas reiteradas y permanentes que generan conciencia de obligación –debe configurarse la opinio iuris o momento psicológico de la costumbre–, y que tiene una enorme vigencia en el marco del derecho internacional, pero además, en los principios generales del derecho internacional, también señalados en el referido Estatuto de la CIJ que, además, es parte constitutiva de la Carta de San Francisco o tratado por el cual fue creado la ONU. En la guerra que aqueja al Medio Oriente, lo que debe conseguirse sin dubitaciones y sin desmayo, es una prolongación del alto el fuego y de la tregua, esa es la prioridad.

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