Mucho se trajina en estos días las invectivas contra el Parlamento populista e irresponsable que cada semana concede, por voto mayoritario, sorpresas desagradables a operadores económicos y sociales de distintas camisetas. Sorpresas que, sin embargo, gran parte de ciudadanos le saca provecho hasta donde le resulta posible.

¿O es que acaso son pocos quienes dejaron de pagar los peajes tan pronto el Congreso promulgó la ley respectiva? ¿O fueron menos los que han procedido a retirar hasta el 25% de sus aportes a las AFP? ¿O se cree por ventura que los miles de estudiantes varados de las universidades que no recibieron licenciamiento miran con recelo los cabes a la Sunedu?

El divorcio entre lo correcto y lo posible se ahonda cada vez más en el terreno de las decisiones públicas, apalancado por una crisis sanitaria cuyo lema de consagración –edificado por los tumbos del gobierno para combatirla– es “sálvese quien pueda”. La historia demuestra (nos pasó durante la guerra con Chile y en otros episodios históricos) que la ansiada unidad de propósitos, el gran concierto nacional, el puño peruano frente a la adversidad no pasan de ser conmovedoras arengas solo útiles para el espectáculo del fútbol o similares.

La traba radica, primero, en nuestra incapacidad de valorar los pactos, el mínimo entendimiento para sacar las cosas adelante. Acordar, hace mucho tiempo, es sinónimo de cobardía o claudicación porque obliga a ceder. Los extremos llaman “pusilánime” a quien no vuelve a la trinchera con el triunfo total de sus pretensiones. Hoy lo denominan “repartija”, mayormente quienes gustarían protagonizar o influir en el reparto.

Impedidos de pactar, triunfa la imposición. Entonces, y es lo segundo, se difuminan las agendas que hace inviable la perspectiva del bien común. Los territorios de intereses propios se demarcan con ahínco. Como reza una canción de Sabina, cada vez más tú y cada más yo sin rastro de nosotros.

Lo tercero es que, dentro de este cuadro, no hay escenario posible para una buena reforma política que nos permita emerger del lodo en el cual nos hallamos. Ese lodo ya era nuestro hábitat antes de elegir al actual Legislativo y se sabía que nada mejor, en términos generales, arribaría al local de la plaza Bolívar. Y nada mejor arribará el 2021 a esa ni a la otra plaza ubicada a cinco cuadras porque solo hay base social ancha para el conflicto y no para el entendimiento.

Otrosí: una involuntaria omisión de mi parte no destacar en el artículo anterior, el trascendente papel de Lucho Gonzales Posada en el otorgamiento del Honoris Causa de la USIL a nuestro común amigo Arturo Salazar Larraín, fallecido el 26 de junio.