Parece mentira que estemos en ese mismo país adonde, apenas cinco años atrás, la izquierda sólo existía para uno de cada seis electores. Entonces la economía andaba sobre ruedas; las expectativas de la población eran proactivas; y la gente vivía en total libertad. Estaba recién electo presidente -en disputada segunda vuelta- Pedro Pablo Kuczynski. Triunfó por menos de 50,000 votos. PPK, candidato de centro, ganó por la mínima diferencia a Keiko Fujimori, también postulante del centro ideológico. Es decir, el centro apostó porque Kuczynski regresase el país al ritmo de progreso que alcanzó hasta 2011, cuando desgraciadamente tomara las riendas del gobierno un corrompido apellidado Humala. Ollanta había armado su campaña electoral con el mismo mensaje chavista que ha propuesto Pedro Castillo; aunque a última hora juró ante Vargas Llosa respetar la Constitución y no enrumbarnos al caos chavista. Humala cumplió, aunque realizó una mala gestión. Llenó la Administración con centenares de miles de atorrantes socialistas, cuyo fruto hemos visto reflejado en la calamidad de Estado que dejó. Uno incapaz de funcionar a la altura de las circunstancias para atender, por ejemplo, los desastres del Niño 2016; o responder, como correspondía, frente a la pandemia Covid-19. Lamentablemente Kuczynski, un cultivado tecnócrata en quien confiase la mitad del país, fue un fiasco. No solamente por inepto sino por deshonesto. Prometió enrumbarnos por la vía del progreso y acabamos retrocediendo. Desbarró reduciendo el promedio anual de crecimiento de 6.5% a 2.8%; impuso proyectos corruptos, como Chinchero y Refinería Talara. Ocurre que PPK formaba parte de un entramado lujurioso que empezó con Toledo y permaneció estafando al Perú con Humala, Villarán y Vizcarra, hechizados por la magia negra de Odebrecht y demás empresas brasileñas y locales, como Graña y Montero. Esta mafia saqueó al Estado usando la modalidad del sobrecosto en obras, por lo general innecesarias, aunque faraónicas. El pueblo se enteró del asalto a través de procesos judiciales que crearon una indignación generalizada. Irritación obviamente reflejada en la reciente elección.
En síntesis, de tener un país próspero, libre, democrático, proactivo, hemos pasado a otro semiquebrado; con libertades y derechos ciudadanos amedrentados; aparte de un temperamento ciudadano deprimido ante la democracia a punto de esfumarse. El cambio ha sido violento y drástico. En un lustro hemos mutado de la prosperidad al fracaso. En parte, debido a que la corrupción en las más altas autoridades del Estado incendió la pradera en todo el territorio. Con mayor énfasis en las clases necesitadas. Es decir, las más indignadas por la corrupción. De otro lado, tenemos un mamarracho de Estado que sigue dilapidando miles de millones de soles cada año en corruptelas y en gastos estériles y superfluos –como publicidad y consultorías- habiendo tenido los recursos para construir cientos de escuelas, hospitales, comisarías y dotar de agua y desagüe a aquellos millones de compatriotas que no tienen este servicio fundamental.
Pero esta deshora de nuestra casta política no la solventará un presidente hipotecado al chavismo, además sin destreza en administración pública ni talento de Estadista. Sueños de opio.

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