Necesitamos una piedra de Rosetta para descifrar la ininteligible necesidad de papel higiénico en estos momentos de crisis; se ha convertido en la imagen emblemática de un espiral mundial de pánico y confusión. Según un estudio del Journal of Consumer Research, la mejor forma de mitigar el miedo cuando los ciudadanos pierden el control percibido es a través de la compra de productos para satisfacer sus necesidades básicas, hoy desafortunadamente agravado por la escasa información que estimula irracionales búsquedas de papel. No va a impedir que nos contagiemos, pero nos da paz, una satisfacción incomprensible que ninguna garantía del gobierno o llamada a la calma de médicos puede compensar.

Como bien señala Luis Serrano, especialista español en comunicación de crisis, “El miedo es el sentimiento más viral del mundo”, crece más rápido que el Covid-19, en especial en escenarios donde las decisiones se toman en tiempos de 15 a 30 días, para sociedades que están acostumbradas a vivir el minuto. Queremos creer que mágicamente se encontrará una solución definitiva en ese plazo y que podremos seguir planeando nuestras vidas de quincena de abril en adelante. Sin embargo, en el fondo sabemos que ello no va a pasar, más aún luego de escuchar a una apocalíptica Angela Merkel predecir la infección de aproximadamente el 70% de la población alemana, o el cambio de viraje de Boris Johnson de postergar la cuarentena (porque solo se puede ordenar el encierro de la gente en sus casas una sola vez) a decretar necesario el aislamiento y teletrabajar. La falta de visibilidad del futuro cercano nos genera esa angustia que solo el sobrestock de latas y papel pueden intentar paliar.

El pasado domingo, demasiado tarde no solo por la hora sino por la oportunidad, Martin Vizcarra anunció medidas extremas, como la declaratoria de emergencia, aislamiento social obligatorio y cierre de fronteras: 43 a 71 casos en un solo día los hizo reaccionar, sin embargo, solo Dios sabe qué tan confiables son estas estadísticas. Poca gente entendió el mensaje, pero sobre todo la urgencia. No hay confianza en nuestras autoridades, a la Policía no se le respeta, preferimos sacar nuestras propias conclusiones de la gravedad de la situación, ya sea de internet o de los mensajes de WhatsApp que circulan incansablemente. Somos esclavos de la información, a sabiendas falsa o contradictoria no importa, la consumimos sin parar. El gobierno anuncia que la distribución de alimentos está garantizada y la gente no pierde un minuto en salir a comprar para aprovisionarse. Las fotos de anaqueles vacíos en los mercados nos despiertan terror, nos generan desamparo, son sentimientos que no podemos manejar.

¿El gobierno realmente creía que la gente iba a respetar a rajatabla las disposiciones? Las frágiles condiciones de vida y procurar el sustento diario lo hacen muy complicado. El decomiso de brevetes y los tanques en la calle son medidas efectistas pero para dar bienestar a los peruanos, hay todavía un largo camino por recorrer.