El pastor

El pastor

Por momentos parece un aria, pero se trata de una hermosa canción mexicana de José Guadalupe Flores, que escucho en la voz de Juan Pedro Vargas y su mariachi de Tecalitlán acompañado por la orquesta filarmónica de Querétaro. La ternura de sus versos y su tono melancólico y pastoril, exacerbado por sus falsetes, le dan a esta canción un precioso significado.

El pastor de todas las épocas y de todas las tierras que arrea al ganado al despuntar la mañana y que lo devuelve a su hogar al caer la tarde, sigue con su flautín ese viaje tumultuoso pero para él solitario en el que ve nacer y morir un día que se enciende y se apaga con sus esperanzas y sus cuitas.

El falsete, ese tono agudo fuera del registro natural de la voz, es una técnica de canto que se emplea para alcanzar notas agudas y que sirve para producir un sonido ligero y “aireado”, debido a que su registro se produce con la vibración de los ligamentos a los bordes de las cuerdas vocales. Su tono aireado se debe, según la teoría musical, a que esa vibración se produce sin un cierre de los pliegues, lo que deja pasar el aire entre las cuerdas, creando ese sonido tan leve y particular.

Me aventuro a escribir que en uno de los falsetes más bellos de la literatura, el Responso a Verlaine, Rubén Darío canta: “Que si un pastor su pífano bajo el frescor del haya/ en amorosos días, como en Virgilio, ensaya/ tu nombre ponga en la canción; / y que la virgen náyade, cuando ese nombre escuche/ con ansias y temores entre las linfas luche/ llena de miedo y de pasión.”

El pífano es el flautín de las culturas indígenas de las sierras de algunos países latinoamericanos. El tono femenino que acompaña en el falsete de los trovadores andinos está vibrando en el responso de Darío: “Que púberes canéforas te ofrenden el acanto/ que sobre tu sepulcro no se derrame el llanto/ sino rocío, vino, miel: / que el pámpano allí brote, las flores de Citeres/ ¡y que se escuchen vagos suspiros de mujeres/ bajo un simbólico laurel”

Todos somos pastores y somos ovejas. Como en la canción del mariachi, vamos al despuntar la mañana “bajando por el sendero de la sierra a la pradera/ musicando nuestras quejas/ con el flautín de carrizo”… y más tarde en el rojo crepúsculo “cuando el sol se va ocultando/ subiendo vamos la cuesta/ …Y con el flautín llamando/ una a una a las ovejas/ les vamos comunicando/ nuestros goces y tristezas”.

El pastor, el flautín, las ovejas, son los protagonistas de la historia. Cuesta arriba o cuesta abajo van protagonizando la vida. A veces los tonos del flautín son altos, a veces bajos y, a veces también, un falsete simula la felicidad o la tristeza. Entretanto el sendero -el tuyo, el mío- se oscurece poco a poco.

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