Es indignante, hasta delictivo, que una verdadera mafia que presume de políticamente correcta y dueña de la verdad someta a los peruanos a sus pretensiones, abusando del control que tiene sobre llamada gran prensa. Y, como consecuencia, del dominio que ejerce sobre nuestros gobernantes, fiscales, jueces, etc. Analicemos su modus operandi. Desde fines de los 90 se instaló en el Perú un clan de filibusteros, trajeados de políticos, periodistas, etc., contratados bajo cuerda por organismos transnacionales. ¿Su misión? Consolidar en nuestro país el mensaje del cambio mundial alrededor de batallas prefabricadas como el aborto, el empoderamiento femenino, la imposición del gayismo, la igualdad de género, etc. El cometido de estos piratas periodísticos estriba en difundir consignas para cambiar el mundo según el dictado de gurús transnacionales convertidos en la versión contemporánea del “Gran Hermano”, como en la obra de Orwell. Un cenáculo integrado por poderosos supermillonarios capitaneados, entre otros, por Bill Gates y/o George Soros, cuyo objetivo es imponernos el “nuevo orden mundial”. Para hacerlo, necesitan de la prensa. Como consecuencia, arriendan a sicarios trajeados de “periodistas” a través de un entramado de entes denominados ONG, acrónimo de Organismo No Gubernamental, ficción creada por Norteamérica tras desplomarse la Cortina de Hierro como parte de una táctica de inteligencia en el mundo socialconfuso.
Acá, esos “periodistas” son contratados por la prensa corrupta, agrupada alrededor de una logia denominada Consejo de la Prensa Peruana. Como resultado, esa llamada “gran prensa” peruana –que “pone y saca” presidentes– destaca las “noticias” del neocapitalismo del tercer milenio, procesadas por el clan de “periodistas” asalariados por unos megamillonarios dispuestos a gobernar la aldea global utilizando parte de su fortuna –billones de dólares anuales de ingresos libres de impuestos por ser “donados como caridad”– para financiar a ciertas oeneges dedicadas a comprar conciencias de los llamados “periodistas del siglo XXI”.

Esto que pareciese sacado de un libro de ciencia ficción es la lamentable realidad que ocurre en países como el nuestro. La imposición de criterios transnacionales a través del gota a gota diario de los medios comunicación, que informan y opinan sin valorar si los contenidos que publican y/o transmiten. Contenidos que nos hacen perder, como ya ocurrió en muchos casos, nuestra identidad ancestral, nuestra conciencia de país independiente y el sentido de pertenencia a arraigadas culturas y a antiguos valores. Incluso pervierten nuestra propia educación, al estar canjeando nuestra identidad por otra virtual, importada desde países desarrollados para aplicarla en medio de la gran incultura que campea en nuestra patria desde hace muchísimos años.

Hablarles de ideología de género –incluyendo aspectos tan escabrosos como la penetración anal– a niños de nuestra pauperizada costa, sierra y selva, paridos por madres violadas, abandonadas, sobreviviendo en la miseria, es una manifiesta ofensa. Igual que es un insulto imponer el gayismo entre educandos sin suficiente preparación, guiados por maestros inexpertos que enseñan en escuelitas públicas ruinosas, sin textos escolares adecuados para nuestra realidad, etc. Esto, amable lector, equivale sencillamente a producir aún mayor peligro social y por supuesto, mucho menor nivel intelectual entre nosotros.