A veces sentimos que algo va a pasar. La madre y su dolor en el pecho que pregunta por su hijo. Aquel que sueña con alguien y lo llama por teléfono para cerciorarse de que está bien. El que ve pasar una sombra y un perfil y anuncia que alguien se despide. El viento que corre inusual y la sensación de que va a haber un temblor. El perro que aúlla. El grillo que canta. El búho que se aparece en el jardín. Borges que dice: “Si para todo hay término y hay tasa/ Y última vez y nunca más y olvido/ Quién nos dirá de quién en esta casa/ Sin saberlo nos hemos despedido.”

La trama de la vida está hecha de invisibles urdimbres pero sé que hay un punto del hilo del que se puede, algunas veces, jalar. Ese punto está ahí, enhebrado misteriosamente con la nada y el todo (y a lo mejor es nada o es todo) y desde esa levedad se anuncia se puede percibir. La llamada de la puerta que esperaba Schopenhauer (y que nunca llegó) es uno de los infinitos nudos de esa trama. Los otros están en cualquier parte de tu vida o la mía. Pero cuando sentimos que algo va a pasar esos nudos se abren y entonces nos asomamos al abismo. Todo y nada en el fondo y en la cuesta. Todo y nada en la vasta oquedad que nos deslumbra y nos da miedo. El eco de una voz, un toque de campanas, un silencio y ese algo descubre su identidad secreta.

La vida es un largo presentimiento. Vivimos en las vísperas de algo que no sabemos qué es y que, en ocasiones, revela sus arcanos. Todos nuestros actos son una postrimería y sin embargo predicen el mañana. En lo que fue está lo que será y, de alguna forma que no podemos vislumbrar, lo que es. Somos seres hacia la muerte pero, irónicamente, nuestro destino es perpetuar la vida. Y la vida es, como decía Ortega, una perspectiva, de tal suerte que vivir es ver. A veces en la bruma o tras el claroscuro de una hora definida, debemos mirar el horizonte para ser del todo. Claro está que ello no es una cuestión de ojos sino de corazones, no de imágenes sino de sentimientos. Y también de presentimientos y nostalgias. Pasar y mirar. La profecía de la vida frente al realidad de la muerte.

¿Quién no ha presentido la noche, que es inevitable? ¿Quién no ha podido hacerlo con el lunes y sentirlo como una esperanza o un peso insoportable? El presentimiento está permanentemente limitado por nuestra condición; es lo que somos nosotros: frágiles, efímeros, caducos. Pero aun así no es la vigilia que aterra sino el mañana que abriga. Y es, además, una promesa de eternidad que a veces basta. Mi mano apenas puede alcanzar un trozo de la dicha, pero mis ojos pueden abarcar esa dicha con su espacio, su tiempo y su promesa.

Cuando presentimos algo quebramos la unidad del tiempo y somos por un instante dios, los dioses. Desde el Olimpo de charcas y de polvo predecimos la luz y la sombra y ambas se hacen. Podemos, por un momento, compartir la bitácora de los profetas y escribir en ella. Un relámpago ilumina la noche, que es ahora bienaventurada. Sabemos que algo va a pasar y aunque nada haya pasado, seguimos esperando. Y así se va la vida, entre una vigilia y otra, para nosotros todas son vísperas. Qué importa que “los dioses sean dioses muertos /de un templo ya derrumbado /ni sus sueños se salvaron /solo una sombra ha quedado.”

¡Qué importa si mañana una ráfaga de felicidad nos bendice como Al Jadir bendijo a su discípulo!