El que contamina, paga. Nada de excusas y medias verdades

El que contamina, paga. Nada de excusas y medias verdades

Tenemos un Estado fallido y cada desastre natural que impacta a nuestro país lo hace evidente; incapaz de responder con celeridad y eficacia. Pisco, luego de cinco años del terremoto solo había logrado avances del 40% en la reconstrucción de la infraestructura pública, la Contraloría había identificado 33 obras manchadas por corrupción y 400 personas fueron denunciadas por traficar con la ayuda humanitaria. Más de 14 años después, aún hay huellas visibles de la tragedia. La Reconstrucción del Norte dio vueltas sobre el mismo círculo por más de tres años, la ARCC cambió cuatro veces de director ejecutivo hasta que finalmente vieron la luz y reconocieron la necesidad de firmar un Convenio de gobierno a gobierno con el Reino Unido para tener rumbo y viabilidad.

Un nuevo desastre azota el país. El derrame de 6,000 barriles de petróleo. Es indiscutible que toda la responsabilidad es de Repsol, sin embargo, está en juego nuestro mar, valioso no solo por su riqueza hidrobiológica sino porque constituye uno de los bastiones de nuestra economía, fuente de trabajo y alimentación de millones de peruanos, y uno de los mayores atractivos turísticos y de recreación. No podemos quedar a merced de una empresa que se promociona por contar con tecnología de punta y los mejores planes de contingencia pero que contrata a pescadores, sin mayor protección y ningún entrenamiento, para limpiar las playas. El daño no espera.

Necesitamos un Ejecutivo que tenga la capacidad de tomar decisiones rápidamente, de coger un teléfono y convocar a los mayores expertos del mundo. No basta con salir a levantar la voz y amenazar con acciones legales o demandas internacionales. Ello no soluciona el problema, ninguna multa, que seguramente será reclamada, compensa los perjuicios. Es falso que esta dificultad quedará solucionada en unas pocas semanas como ofrece Repsol. Los daños son exponenciales y hay muchos invisibles a nuestros ojos como aquellos que se ocasionan a los frágiles ecosistemas acuáticos, o a los peces u organismos pequeños que son eslabones importantes en la cadena alimentaria mundial.

A más inri, la izquierda siempre capitaliza las tragedias generadas por las grandes empresas para hacer proselitismo y satanizar el sistema. Más preocupados por la anulación o renegociación del contrato que en exigirle al Gobierno de que, en deficiencia o tardanza de Repsol, ellos también asuman las tareas de limpieza. Hasta los “sindicatos patriotas” de Petroperú se sumaron a esa prédica en supuesta defensa del interés nacional, a pesar de que entre el año 2000 y el 2019 ocurrieron 474 derrames en los lotes petroleros de la Amazonía, de los cuales 30% son intencionales, ocasionados por la población para cobrar indemnizaciones.

La responsabilidad de Repsol es palmaria, aunque traten de salvarla con medias verdades e imprecisiones. Inaceptable que su vocera declare públicamente que no se consideran responsables, cuando una empresa con la trayectoria y experiencia de Repsol sabe perfectamente que está realizando una actividad de riesgo y que responde ante un hecho objetivo: el daño. La culpa o el dolo son irrelevantes. La asunción del riesgo por una actividad intrínsicamente peligrosa corresponde al beneficiario de ésta, no a la sociedad.

Sería lamentable que una oveja negra como Repsol, que incluso omitió informar oportunamente del accidente a su casa matriz, ensucie la trayectoria de muchísimas empresas que sí cuidan y valoran el medio ambiente. No metamos a todas en el mismo saco.

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