Queridos hermanos estamos ante el domingo XXIX del Tiempo Ordinario. La primera Palabra, tomada del profeta Isaías, profetiza sobre Jesús: “El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento, y entregar su vida como expiación: verá su descendencia, prolongará sus años, lo que el Señor quiere prosperará por su mano.

Por los trabajos de su alma verá la luz, el justo se saciará de conocimiento. Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos”.

Todo lo que estamos sufriendo con la pandemia, en nuestro hogar, en nuestra familia ¿sirve para algo? Dios nos está preparando a todos con el sufrimiento, para encontrarnos con Él aquí en la tierra, dándonos garantías de que existe el cielo, de que existe la verdad. Por eso ánimo hermanos, lo que está pasando en tu vida y en la mía, tiene un sentido, está Dios, su plan de salvación.

Por eso respondemos con el Salmo 32: “Que tu misericordia Señor venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti. Los ojos del Señor están puestos en sus fieles”. Dios ayuda a todos sus fieles, que somos nosotros, a los que esperan en su Palabra, su misericordia. Su misericordia es la potencia gratuita que Dios nos da en medio de nuestros sufrimientos; por eso la invocamos, se la pedimos.

La segunda Palabra, tomada de la Carta a los Hebreos, dice: “No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo, exactamente como nosotros, menos en el pecado”.

Hermanos, Jesús ha sido probado hasta el extremo, con su sufrimiento ha redimido al hombre y le ha concedido el don de la Vida Eterna; por eso el cristianismo es alegre, Cristo nos ha devuelto la alegría, que es un don del Espíritu Santo. Por eso hermanos pidámosle al Señor y gritemos desde el fondo de nuestro corazón que nos ayude, como lo hizo el ciego de nacimiento y otros tantos personajes del Antiguo y Nuevo Testamento.

El Evangelio de San Marcos dice que “se acercaron a Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: «Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir.» Les preguntó: «¿Qué queréis que haga por vosotros?» Contestaron: «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.» Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?» Contestaron: «Lo somos.» Jesús les dijo: «El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado.»

Es importante aquí identificar lo que piden los hijos de Zebedeo: poder. El poder de Jesús no es de este mundo, lo experimentamos y lo podemos comprobar ¿cuál es la misión de Jesús? servir, humillarse, es la del siervo de Yahveh.

Todos nosotros estamos llamados a esto: mostrar la imagen del Siervo de Yahveh. Es una gracia que nos potencia y nos da la felicidad. Hagamos la prueba y experimentaremos la Vida Eterna.

Pidámosle al Señor, en medio de esta pandemia, que podamos ser los últimos, pidámosle esta gracia de poder bajar la cabeza y servir al otro, servir es amar, amar es morir a nosotros mismos. La misión de este mundo es todo lo contrario, es el poder, la opresión; sin embargo Jesús nos ofrece lo contrario.

Él mismo se ofrece voluntario, nos sirve, se deja humillar y crucificar por nuestros pecados; y así, en la cruz, destruye el poder de la muerte, del mundo, y no da su vida en abundancia. Esta es también la misión de la Iglesia.

Ánimo hermanos, en medio de nuestros sufrimientos gritemos a Dios y pidámosle este Espíritu para que podamos transmitir a la verdadera felicidad.

Que el señor os bendiga y os de su gracia. Veréis que Dios está con vosotros.

+ Qué la bendición de Dios esté con todos ustedes.

Mons. José Luis del Palacio
Obispo E. del Callao

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