Menuda bofetada recibió el Ejecutivo en el Congreso al negársele al flamante gabinete presidido por el señor Cateriano.

La vanidad y la soberbia le pasaron una dolorosa factura al Presidente. Es que no se puede dividir al país fragmentando todas sus fuerzas, sean políticas, económicas o sociales, creyéndose invulnerable e invencible, porque nadie lo es. Si el presidente pudo arrasar con el anterior Congreso y llevarse de encuentro, casi hasta su destrucción, al fujimorismo y al aprismo, eso no era ninguna garantía de estabilidad para su gobierno, sino, al contrario, era un germen de ingobernabilidad frente a cualquier fracaso gubernamental y ante cualquier ambición o interés de algún grupo afectado por actos de gobierno.

Debido al discurso presidencial apoyado casi hasta la adulación por los medios de prensa favorecidos con el avisaje gubernamental, publirreportajes, manejo de encuestas, entre otros, la población empezó a mirar con simpatía a los grupos más radicales del país que le ofrecían soluciones a la bruta, de todos los problemas nacionales.

Se produjo una increíble paradoja: se disolvió inconstitucionalmente un Congreso acusado de obstruccionista y se abrió paso a otro con representantes del radicalismo más extremo a los que se sumaron aquellos que accedieron a una curul para defender intereses particulares.

Si hubo una primera batalla y en ella venció el Ejecutivo, era lógico que se venía una segunda con otros grupos con intereses diferentes a los derrotados en la primera.

La desastrosa gestión frente al Covid-19 que nos ha sumergido en la peor crisis de nuestra historia y una deleznable fragmentación política y social, produjo un arrinconamiento del gobierno y una total pérdida de confianza por parte de la población.

El Presidente quiso salir del atolladero poniendo parches a su gabinete, con un primer ministro con una pesada mochila de malos antecedentes sobre sus espaldas y con ministros como el de trabajo y educación que desataron las iras de los radicales de izquierda y de los afectados por la Sunedu.

El escándalo de las tablets, el incremento patrimonial del ministro y los negocios del padre y hermano de la ministra de Economía con el Estado, hacían previsible un desenlace contrario al gobierno.

El señor Cateriano se despachó un discurso kilométrico con proyectos que jamás iba a cumplir y la arrogancia recibió un golpe que nos daña a todos los peruanos.